Desde las profundidades de la noche os ofrecemos esta colección de relatos. Anécdotas, ocurrencias, eventos y acontecimientos de interés para este humilde heraldo de la noche son la esencia de estos escritos dirigidos a insomnes, curiosos y a toda la fauna saucepolita.
abril 22nd, 2013
Email

¿Hay una sensación mejor que la de abrir un libro nuevo? Adoro ese olor a tinta, a cola y a papel nuevo, ese crujido de las páginas… Pero sí que hay una sensación mejor, la sensación de abrir un libro viejo. Un libro que tal vez un día leíste. A veces encuentras recuerdos en él. Un billete de autobús que utilizaste para marcar, una mancha de algo que estabas comiendo, unos granos de arena de aquella playa en la que lo leíste o incluso el leve aroma del perfume que entonces utilizabas. Si el libro ha pertenecido a otras personas se puede encontrar en él la impronta de aquellos que se pasearon por sus páginas.

Aquella noche yo acababa de entrar en Saucepolis. Mi turno no había hecho sino comenzar. Un objeto llamó mi atención desde la cafetería. Había un libro sobre una de las mesas de la cafetería del hotel, Mi Habitación Favorita. Me acerqué y le eché un vistazo. Se trataba de una vetusta edición de bolsillo de las aventuras de C. Auguste Dupin, de E.A.Poe. Una bonita recopilación de las tres historias del detective. Quien quiera que fuera el dueño de aquel libro ya se había ganado mi simpatía. Adoro las novelas de detectives. Y aunque soy admirador confeso de Holmes, que llega a despreciar las técnicas de Dupin en un par de relatos del Canon, no se puede negar que Conan Doyle tomó a Dupin como modelo de Sherlock del mismo modo que Christie se inspiró en ambos para crear a Poirot.

Leer un libro en una cafetería es toda una rareza hoy en día. Vivimos tiempos de prisas y estamos esclavizados por los dispositivos tecnológicos. Es habitual encontrarse cargadores, teléfonos o tabletas olvidadas, pero encontrar una novela de detectives sobre la mesa de un café era demasiado sugerente para ser cierto.

Miré a mi alrededor, pero no había ya nadie en la cafetería ni en el hall del hotel. Sin duda alguien olvidó el libro en el turno anterior. Decidí que tenía que encontrar al dueño del libro y hacérselo llegar. Si yo perdiera mi volumen de relatos de Dupin agradecería enormemente que alguien hiciera lo mismo por mí. Así que imbuído por el espíritu de Holmes decidí buscar indicios que sugirieran a quién pertenecía aquel libro.

Abrí el libro y mis simpatías por el propietario decayeron dramáticamente. Tenía la fea costumbre de marcar las páginas doblando la esquina superior. A parte de esto el libro estaba en buenas condiciones. Las páginas habían amarilleado un poco, y el papel no era de gran calidad. Las tapas blandas estaban sorprendentemente conservadas para una edición de bolsillo. Sin duda aquél volumen había pasado buena parte de sus treinta años en una estantería. No había polvo en el lateral. No había estado en una biblioteca olividada. La edición, como digo, era de hace más de treinta años, de una editorial desconocida para mi con sede en Buenos Aires. No había marcas ni anotaciones, no había exlibris ni sellos de biblioteca. No iba a ser tarea fácil.

Pensé que el libro tenía que pertenecer a alguien de cierta edad. La fecha de edición era un dato a tener en cuenta, y el libro estaba demasiado bien cuidado para haber pasado por varios dueños. Estaba pensando en que quizá fuera una mujer, la costumbre de doblar la esquina superior es algo que había visto en varias mujeres anteriormente. En esto estaba pensando cuando encontré entre las páginas un largo cabello de color indescriptible, seguramente fruto de un tinte. Mis sospechas se confirmaban. Así pues, teníamos a una mujer de mediana edad, con el pelo largo y teñido, aficionada a las novelas de detectives y posiblemente argentina.

El ascensor se abrió en la planta baja y el vivo retrato del fruto de mis pesquisas salió de él. Una elegante señora de unos cincuenta años, media melena color caoba y marcado acento porteño pidió un té para subir a la habitación. Mientras se lo servía comenté:

-Creo que se dejó algo antes en la cafetería, señora.

-No he echado nada en falta.

-¿No es suyo este libro?

-Es la primera vez que lo veo. Hace tiempo que no llevo libros conmigo. Mi ebook es una maravilla.

-Disculpe, señora- dije desolado mientras servía el té.

La señora se retiró a su habitación dejandome confuso. Un muchacho en pijama bajó por las escaleras desde la primera planta.

-Disculpe señor, ¿No habrá visto usted un libro en la cafetería?

El muchacho no tendría mas de doce años. No encajaba para nada en mis esquemas. tenia que tratarse de un error.

-Tal vez, ¿Qué libro has perdido?

-Una vieja edición de las aventuras de Dupin.

-Pues si, precisamente por aquí lo tengo. ¿Te gustan las novelas de detectives?

-Es la primera que leo. En realidad me quita usted un peso de encima. He “cogido prestado” el libro de la biblioteca de mi tía, me habría sabido fatal perderlo. Pero de momento me está encantando.

-Solo te diré dos palabras para cuando lo termines, muchacho, Sherlock Holmes- dije mientras devolvía el libro al chico.

-Gracias- dijo, y subió a la carerra por las escaleras.

-¡Disculpa!- dije, -¿Es de Argentina tu tía?-

-No, pero vivió un tiempo allí hace años, ¿Cómo lo sabe?

-Elemental, muchacho, elemental.

 

febrero 5th, 2013
Email

Regala una experiencia en el Hotel Sauce y sé diferente en San Valentín

Sorprende a tu pareja con un fin de semana romántico y diferente en Zaragoza reservando nuestra oferta especial San Valentín en el Hotel Sauce. Para más información haz click en el siguiente enlace.

Ponte en contacto directamente con el Hotel en el siguiente número de teléfono 976.20 50 50 y personaliza tu regalo con nosotros. ¡Te ayudamos a sorprender a tu pareja!

A continuación y como comienza a ser costumbre en estas fechas os invitamos a leer este genial relato de Alberto. Divertido y original. Espero que os haga pasar un buen rato.

Crónicas Nocturnas: Sucedió en San Valentín

San Valentín es una fecha especial en Saucepolis. Todos los años decenas de parejas de enamorados se regalan una romántica velada, una botella de cava y un delicioso desayuno juntos. En todos estos años hemos sido testigos de rupturas, reconciliaciones, reencuentros y mil aventuras, pero tengo un recuerdo singular para una pareja que nos visitó hace un par de años.

El reservó la habitación con antelación. Y se tomó toda clase de molestias. Quiso ver la habitación unos días antes, eligió la marca del cava e incluso vino a dejar unos bombones y un regalo para que los dejáramos en la habitación antes de que llegaran.

La noche de San Valentín llegaron ambos pasadas las doce. El parecía seguro y confiado, ella tenía cierta cara de preocupación. Pidieron su llave, su botella de cava y subieron a la habitación. A los pocos minutos ella salió del ascensor y se dirigió a recepción.

-Tengo un problema serio, ¿Puedes ayudarme? (más…)

diciembre 11th, 2012
Email

Cuando salí a abrir la puerta pensé que se trataba de una broma. Allí estaban aquellos dos tipos, con sus chalecos de lana y sus zurrones esperando a que abriera la puerta.

-Buenas noches, ¿puedo ayudarles?

-Si, lo cierto es que si. Nos hemos perdido y necesitamos volver a casa esta noche.

-Tío, se nos va a caer el pelo- dijo el otro- Recuerda lo que pasó la última vez.

-No digas tonterías y déjame que hable con este señor, seguro que puede echarnos una mano.

Yo asistía atónito a la conversación de aquellos dos extraños personajes. Me fijé en sus atuendos, y me di cuenta de que iban disfrazados de personajes de belén. Eran dos pastorcillos. Seguramente formaban parte de alguna representación. Al fin y al cabo estábamos en navidad.

-Pues ustedes dirán

-Verá usted- dijo el más locuaz con cierto reparo- Esta noche todo estaba bastante tranquilo y decidimos salir a dar una vuelta. Ya sabe, tomar un par de copas y esas cosas. No se imagina lo aburridas que son estas noches en las que nadie viene a vernos. El caso es que nos hemos despistado y no sabemos volver.

-Bueno, díganme en qué teatro están actuando o en qué hotel se alojan y tal vez pueda indicarles cómo regresar.

-No nos ha entendido. Como se entere alguno de los ángeles, o peor aún, como se entere San José, vamos a tener un problema muy serio.

-Yo lo que temo es que llegue a oídos de Herodes, eso si que sería preocupante- comentó el otro.

-No te preocupes por Herodes, tiene más que callar de lo que imaginas, ¿Quién te crees que me enseñó ese bar tan discreto en el que no hacen preguntas?

-¿Herodes?, ¿Te has ido de copas con Herodes?, no puedo creérmelo. (más…)

octubre 18th, 2012
Email

Acabo de aterrizar en el cosmopuerto de Zaragoza, la ciudad en la que nací hace ciento treinta años. Son muchos los recuerdos que se arremolinan en mi cabeza, pero no es conveniente permanecer demasiado tiempo a la intemperie en estos tiempos en la Tierra, así que abandono la terminal y tomo el primer aerotaxi de la fila. Inserto la dirección y el piloto automático establece la ruta mientras el aparato se eleva lentamente.

Vengo a Zaragoza para visitar la Exposición Interestelar Zaragoza 2108. La ciudad solicitó organizar el evento para conmemorar el centenario de la Exposición Internacional de 2008 y el bicentenario de la exposición Hipanofrancesa de 1908. Resulta curioso hablar hoy en día de España o Francia. Las naciones quedaron abolidas tras el holocausto nuclear. De hecho es uno de los primeros eventos de este tipo que se celebran en la Tierra desde entonces. La radiación es aún alta y las precauciones para evitar la contaminación son incomodísimas. Sin embargo, el factor emocional , el clima ventoso de Zaragoza y el hecho de no haber sido apenas afectada por los bombardeos jugaron en su favor. Finalmente y contra todo pronóstico se concedió el evento.

La bruma cubre la ciudad y la pesada carga de iones le confiere un aspecto plomizo. Sólo los edificios más altos se adivinan mientras nos aproximamos a la urbe. Trato de recordar cuándo fue la última vez que estuve en Zaragoza. No he vuelto desde la migración masiva de mediados del siglo pasado. Tras el holocausto las autoridades decidieron incentivar las migraciones a las incipientes colonias en Marte y algunos satélites relativamente habitables. La terriificación era aún bastante precaria, pero los niveles de radiación en la Tierra eran demasiado peligrosos para permanecer. La radiación era el palo, y las nuevas terapias de renovación génica eran la zanahoria. Unos novedosos tratamientos permitían regenerar celularmente a un individuo llegando a triplicar su esperanza de vida. Pero solo se permitían en las colonias. Si no hubiera emigrado yo mismo habría muerto hace ya mucho. Bien por la radiación, bien por el inexorable envejecimiento. Este pensamiento me inquietó sobremanera.

El holocausto cambió nuestras vidas, cambió de hecho la especie humana. Nadie sabe muy bien cómo empezó. Al principio se habló de un atentado terrorista, mas tarde de un accidente. La reacción de los gobiernos fue nefasta, nadie sabe quién disparó primero. Pero en pocos meses la silenciosa nube radiactiva cubrió la superficie del planeta haciendo la vida en él peligrosa y dañina.

Pienso en ello mientras nos acercamos a mi destino. El Hotel Sauce. Trabajé allí unos cuantos años antes de la guerra. Naturalmente en cuanto me enteré de que seguía funcionando lo elegí como refugio para mi estancia en la Tierra. Tengo mucha curiosidad por ver cómo está, y si aún conozco a alguien por allí. Quizá pueda incluso volver a hablar mi idioma. Todos los colonos tuvimos que aprender neolengua, el idioma oficial en todo el sistema solar. Los lenguajes tradicionales solo se hablan ya en la tierra, y están casi en desuso.

Una silueta inconfundible aparece entre la niebla. Las cuatro torres del Pilar entre las luces de neón anuncian que estamos llegando. El aerotaxi desciende lentamente sobre un impecable helipuerto instalado junto a la entrada. Lamentablemente está ocupado, pero la recepcionista sale a recriminar al vehículo mal aterrizado que no tarda en dejarnos el espacio libre. Hay cosas que nunca cambiarán.

La recepcionista me identifica con el scanner ocular. No utiliza uno manual, tiene uno integrado en su propio ojo. Se trata sin duda de un androide. Nadie lo habría dicho, cada vez los hacen más realistas. Llegan noticias desde algunos satélites de Saturno que han llegado a escapar por propia voluntad. Naturalmente la empresa que los fabrica lo niega, pero los hacen cada vez más inteligentes y naturales. Charlando con la cordial recepcionista no puedo evitar pensar que un día serán ellos quienes nos dominen. (más…)

septiembre 3rd, 2012
Email

Pincha aquí para leer la 1ª parte.

- ¿Qué sucede, señor Menendez?

- No se van a creer lo que he visto en el pasillo. Es increíble. Además, creía que en este hotel no se aceptaban animales, ¿No es cierto?

- Así es señor Menendez, ¿por qué lo dice?…

-Hay una bestia enorme en el pasillo de la cuarta planta. Lo he visto con mis propios ojos. Tenían que haber oído sus gruñidos, era una cosa espantosa.

Yo no había visto al señor Menendez tan fuera de si en mi vida. Hablaba atropelladamente, y al margen del escaso sentido de sus palabras, había verdadero terror en su mirada.

-Señor Menendez, ¿No habrá usted tenido una pesadilla?- sugerí.

Menendez me asesinó con la mirada.

-Le digo que se muy bien lo que he visto, y oído.

-Vayamos por partes- interrumpió el agente Antunez.

-Cuéntenos exactamente y con todo detalle qué es lo que ha visto y oído usted. No omita ningún detalle, son de vital importancia.

Menendez respiró hondo, nos miró a la señora Ruiperez, al agente Antunez y a mi y se armó de valor.

- Anoche me acosté temprano, como de costumbre. Leí unos minutos, como de costumbre, tomé mi somnifero de todas las noches y me dormí al instante como siempre.

- No hizo nada fuera de lo habitual, deduzco- dijo Antunez.

-Nunca lo hago- respondió Menendez y prosiguió.

-Hace unos diez minutos un golpe seco me despertó. Algo había golpeado mi puerta. Pensé que otro huésped se había confundido de habitación y traté de seguir durmiendo. Pero unos segundos después comencé a oír ese espantoso rugido. Me heló la sangre. Traté de vencer el miedo y asomarme para ver lo que era, pero me costó bastante. Finalmente me acerqué a la puerta. Los rugidos eran mas y mas fuertes. Sin duda lo que fuera aquello estaba muy cerca de mi puerta. Me di cuenta de que fuera lo que fuera que había en el pasillo había golpeado la puera de mi habitación. No fue un pensamiento agradable. (más…)

julio 24th, 2012
Email

Poco imaginaba yo cuando llamé a la policía a instancias de la muy preocupada señora Ruiperez que el agente que iban a enviar fuera a ser tan peculiar. Cuando se presentó en la recepción mostrando su placa casi a escondidas no pude evitar imaginar un par de comentarios ingeniosos que omití por respeto a la autoridad. No tardé en perder dicho respeto.

El tipo parecía sacado de una película de espías de la guerra fría de bajo presupuesto o de una viñeta de Mortadelo. Era un hombrecillo anodino y gris, cargado de espaldas, mal afeitado y de pelo ralo. Vestía una gabardina color camel muy usada, pantalón de mezclilla, una espantosa corbata estampada cuyo nudo jamás se había vuelto a hacer y una camisa que antaño fue blanca. Sin embargo había orgullo en su rostro y una mirada de superioridad que resultaba casi cómica.

- Buenas noches, soy el inspector Antunez, creo que han denunciado una desaparición.

- Efectivamente, no encontramos al señor Ruiperez. Lamento haberle molestado, seguramente se trata de un malentendido, pero su esposa está un tanto alterada y nos pidió que llamáramos a la policía.

- No adelante acontecimientos- dijo Antunez- estos casos suelen complicarse y ofrecer maravillosas curiosidades. Pero no me extraña que lo ignore, evidentemente no es usted el recepcionista de noche habitual, de hecho creo que no hace demasiado que es recepcionista.

- ¿Puedo preguntar cómo ha deducido eso?

- Naturalmente. Su excelente bronceado le delata, no es propio de alguien que duerme de día. Y su traje inmaculado, sin apenas arrugas ha pasado pocas horas tras el mostrador.- dijo Antunez con una sonrisa de satisfacción.

- Mi bronceado se debe a que hoy regreso de vacaciones. Y respecto al traje, le diré que son mi debilidad, procuro llevarlos bien planchados. Hace doce años que soy recepcionista, todos ellos en el turno de noche.- contesté.

Ahora era yo quien sonreía. Un leve atisbo de contrariedad cruzó por la cara del inspector, pero cambió rápidamente de tema.

- Bueno, bueno, no tiene importancia. Pasemos a los hechos, ¿Cuándo vieron por última vez al desaparecido?

- Yo lo vi hace un par de horas, cuando llegó con su esposa y se retiraron a la habitación. La señora Ruiperez afirma que pocos minutos después salió de la habitación para fumar, pero yo no le vi pasar por la recepción.

- Muy interesante. ¿Podría hablar con la señora Ruiperez?

- Por supuesto, de hecho creo que ahí baja.

La señora Ruiperez bajaba entre sollozos por la escalera visiblemente alterada.

- ¡Aún no ha llamado a la policía!, esto es intolerable. Le repito que no es normal que mi marido tarde dos horas en fumarse un pitillo.- protestó la señora Ruiperez aún molesta por mis intentos de evitar que llamara a la policía.

- Le presento al inspector Antunez- dije.

La Señora Ruiperez miró al inspector de arriba abajo con decepción. Sin duda esperaba otra cosa. De todos modos se recompuso y con su más teatral ademán dijo:

- Menos mal que ha venido, inspector, estoy preocupadísima por mi marido, hace más de dos horas que salió para fumar un cigarro y aún no ha regresado.

- No se altere, señora- dijo Antunez- el caso está en buenas manos.

- Seguramente el señor Ruiperez aparecerá en cualquier momento con una sencilla explicación- medié yo, tratando de tranquilizar a su esposa.

- O quizá no, tal vez tengamos suerte y haya sido secuestrado, o algo peor- dijo Antunez en un alarde de mal gusto.

- ¡Cómo se atreve!, De dónde ha salido este tipo, ¿Está usted seguro que es policía?- dijo la señora.

- No se ofenda- dijo Antunez mostrando su placa- pero estos casos a veces se complican. Además debería estar usted acostumbrada, es evidente que hace poco que ha perdido usted un ser querido.

- Lo único que estoy perdiendo es la paciencia, ¿De dónde se ha sacado usted esa majadería?

- Lo digo por su vestido negro, obviamente va usted de luto.

- Este es un vestido de fiesta, negro, pero con lentejuelas. Venía de una boda con mi esposo antes de que desapareciera. ¿Ha visto usted alguna vez a alguien de luto con lentejuelas? De hecho, ¿ha visto usted a alguien de luto en el último medio siglo?

- Por favor, ¿no podría usted llamar a un policía de verdad y echar de aquí a este mequetrefe?- dijo la señora Ruiperez con cara suplicante.

- Oiga, un respeto- replicó Antunez.

En ese instante salió del ascensor apresuradamente el huésped de la habitación 403. Era el señor Menendez. Un respetable representante de calzado que nos visitaba una vez al mes. Menendez tenía sus costumbres y le encantaba que las repetaramos. Siempre desayunaba a la misma hora su croissant con mantequilla y su café solo. Le encantaba dormir siempre en la misma habitación y le molestaba sobremanera si su plaza habitual de aparcamiento estaba ocupada. Normalmente no intercambiaba más de un par de frases con el personal, y si estaba de buen humor hacía alguna pequeña broma, casi siempre la misma.

Por eso cuando lo vi salir descompuesto del ascensor, descalzo y en pijama, supe que algo no iba bien.

- ¿Qué sucede, señor Menendez?

- No se van a creer lo que he visto en el pasillo. Es increíble. Además, creía que en este hotel no se aceptaban animales, ¿No es cierto?

- Así es señor Menendez, ¿por qué lo dice?…

Continuará.

junio 8th, 2012
Email

Agustí Ferrer Gasol

Este mes en Crónicas Nocturnas os ofrecemos un auténtico lujo. Tenemos por primera vez un autor invitado que ha tenido la gentileza de regalarnos una fabulación. Contamos con la colaboración de un magnífico escritor, autor entre otras de La Taula Amiga (Editorial Columna Albí), uno de los grandes éxitos de la feria de Sant Jordi de hace tres años y que será reeditada en breve. Agustí es un fabulador sensacional y un tipo divertidísimo. Pasó por Saucepolis por casualidad, y casual fué el modo en que supimos de su profesión y talento. De hecho, la manera en la que obtuvimos este relato es digna de otro pequeño relato. Tenemos el placer de presentaros Mi Zaragoza, por Agustí Ferrer Gasol, sin duda la mejor crónica publicada hasta la fecha, un lujo para este blog.

Mi Zaragoza

Mientras escuchaba el interesante discurso de la estatua parlante del Foro, vino a mi encuentro Ascipius, el esclavo preferido del noble Lúculo, el paladar más exquisito del Imperio. Había llegado a Cesaraugusta atraído por la fama de sus vinos, de cuerpo generoso y sabor hondo. El esclavo, previa una leve reverencia, me entregó un mensaje de su señor. Aprovechando la ocasión me ofreció una pequeña vasija rebosante de garum y un dolium de vino, conseguidos a hurtadillas (la siesta de Lúculo era larga y profunda), a cambio de dos dinares. Le dije que sólo me quedaban siete euros con veinte céntimos. Miró con rapidez el conversor de divisas en su blackberry y aceptó inmediatamente. El cambio estaba aquel día de finales de mayo a 1 euro = 5,36 dinares. (más…)

mayo 10th, 2012
Email

Mario

Dicen que la luna llena altera el caracter de ciertas personas. También dicen que en las noches de luna llena se dispara el número de partos. Ninguna de ambas afirmaciones tiene base científica alguna, pero el pasado Jueves Santo pude dar fe de que ambas son ciertas. Dicen también que la realidad supera siempre a la ficción, y creo que este es magnífico ejemplo.

Hallábame yo trabajando en Saucepolis el pasado cinco de Abril, Jueves Santo. La noche era tormentosa. Los tambores hacían temblar la ciudad, y los cofrades temblaban ante la posibilidad de que la lluvia arruinase su noche grande y estropease sus imágenes. El teléfono sonó en recepción y yo di un respingo al oír la voz de mi mujer al otro lado del aparato. Era la llamada que estaba esperando, pero llegaba con mas de dos semanas de antelación. Mi segundo hijo anunciaba su intención de venir al mundo y a mi me pillaba trabajando.

Pedí refuerzos, sin prisas, pensando en las largas y dilatadas horas de dilatación que suelen preceder al alumbramiento. Una segunda llamada, pocos minutos mas tarde, instandome a apresurarme me inquietó un tanto. Afortunadamente, el gran Giuseppe acudió raudo a lomos de su bicicleta sorteando procesiones, cristos y tambores.

Tomé un taxi y me dirigí a casa haciendo un esquema mental de los pasos a seguir. Preparar la maleta, cambiarme de ropa, coger el coche, ir al hospìtal… Mi esquema saltó por los aires en cuanto entré en casa. Me encontré un parto en ciernes, una ambulancia en camino y una mujer asombrosamente lúcida y serena que me decía qué hacer. Yo había perdido por completo la presencia de espíritu, y no por la luna llena, pero contra todo pronóstico no me desmayé ni salí huyendo. Asistí alucinado a cómo la naturaleza se abre camino.

La ambulancia no llegó a tiempo, el pequeño Mario tenía demasiada prisa. No había pasado ni una hora desde el primer síntoma. Todas esas películas en las que los partos se producen en taxis, ambulancias y demás sitios insólitos, que siempre pensé exageradas, se quedaban cortas. Una vez mas la realidad superaba a la fición.

Jueves Santo, luna llena y el pequeño Mario me nace entre las manos. ¡Que sea la última vez que naces en casa!, hombre, aquién se le ocurre.

 

Recibe los articulos de Saucepolis en tu correo electronico.
Introduce aqui tu correo electronico.

By FeedBurner