Desde las profundidades de la noche os ofrecemos esta colección de relatos. Anécdotas, ocurrencias, eventos y acontecimientos de interés para este humilde heraldo de la noche son la esencia de estos escritos dirigidos a insomnes, curiosos y a toda la fauna saucepolita.
febrero 6th, 2012
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En ocasiones paso miedo. Llevo ya un buen montón de tiempo pasando mis noches en Saucepolis, y he de decir que todavía hay veces en las que un escalofrío recorre mi espalda, la inquietud se apodera de mi y pierdo la presencia de espíritu. No existen razones objetivas para ello. De hecho, en todos estos años, no soy capaz de recordar mas de un par de sucesos que no tengan una explicación mas o menos razonable. Casi siempre mis miedos son fruto de la sugestión. Mis temores nacen de la imaginación, y cualquier detalle es capaz de dejarme aterrado toda la noche. La consciencia de lo irracional del temor no es consuelo. Lejos de ello lo que produce es cierta sesación de reparo a la hora de compartir estas sensaciones.

No hace falta nada excepcional para truncar la tranquilidad de la noche. Una corriente de aire frío que eriza el pelo de mi nuca es suficiente cuendo no hay resquicio por el que el gélido frio exterior pudo haber alcanzado la recepción. A veces creo ver sombras que no responden a un cuerpo físico, e intuyo pasos en la calle que no vienen acompañados de imagen alguna en la cámara de seguridad. Hay noches en las que suena el teléfono y nadie contesta… pero tampoco cuelga.  He llegado a escuchar una leve respiración al otro lado antes de  colgar, temloroso, el auricular. Esas noches vivo con el temor a que el timbre del teléfono me saque de la tranquilidad.

Una noche concreta tuve que subir a la lavandería, y mientras estaba dentro escuché una puerta abrirse y cerrarse. Pensé que alguien había salido de su habitación, y que en breve la luz del pasillo se encendería mostrando el trasnochador insomne. Pero no se encendió luz alguna. Pasaron los segundos, y para mi desesperación nadie hacía notar su presencia. Yo estaba seguro de haber escuchado el chirrido de los goznes al abrirse la puerta, y el portazo posterior al cerrarse. ¿Por qué razón iba alguien a abrir y cerrar una puerta sino para salir por ella?. Pero nadie encendía la luz, y tras un par de minutos eternos parapetado tras la ropa sucia no tuve mas remedio que salir al pasillo temeroso. Recorrí todo el piso con disgusto, y no hallé al misterioso huesped. Nunca sabré quien abrió y cerró aquella puerta, pero puedo jurar que la oí abrirse y cerrarse. tardé semanas en subir a la lavandería sin cierta aprensión. Y aún hoy siento inquietud cuando tengo que entrar a por manteles o una almohada extra.

No hace mucho llegó una familia a primera hora de la noche. Mientras los padres consultaban unos folletos el niño, de no mas de ocho años se acercó a la rececpción y preguntó:

-¿Pasas aquí solo toda la noche?

-Claro, alguien tiene que hacerlo.

-Y no pasas miedo.

-No, ¿Por qué iba a pasarlo?, mentí.

El niño no contestó, solo esbozó una sonrisa que me dejó helado. Su padre lo llamó al ascensor y justo antes de subir, giró su cabecita y me miró con su horrible sonrisa. Creo que no podré olvidarla. Durante un tiempo, cada vez que giraba una esquina en un pasillo, o entrada en una estancia a oscuras temía encontar al niño ahí plantado, con su terrorífica e ingenua sonrisa.

Y así paso las noches. Temiendo por tonterías e imaginaciones. Pero justo mientras escribo estas lineas, una corriente de aire helado me eriza los pelos de la nuca. No hay ventanas abiertas, nadie ha salido por la puerta, no hay razón para la corrinete, pero yo ya no pasaré una noche tranquila.

diciembre 9th, 2011
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Ella llevaba ya unos cuantos días con nosotros. Asistía a un curso organizado por su empresa junto a un numeroso grupo de compañeros. Rondaba los treinta años y vestía con naturalidad un atuendo demasiado formal comparado con el de sus colegas. Iba y venía con su grupo, pero normalmente era la primera en retirarse si la velada se alargaba tras la cena.

El era un comercial que sustituía a un compañero en una ruta que no era la suya. Aterrizó en Saucepolis por recomendación de su compañero y pareció encantado con todo desde el primer momento. Era quizá demasiado joven para el producto que vendía, su traje estaba demasiado bien cortado y su corbata era, definitivamente, demasiado osada. Tenía la simpatía y el magnetismo de los buenos vendedores, aquellos a los que no les importa el producto que venden ni a quién hay que vendérselo, simplemente te convencen de que llueve aunque luzca un sol radiante.

Ambos habían coincidido en el desayuno bastante temprano. Ella fue la primera de su grupo en bajar a desayunar. También fue la única que no había tomado alguna copa de mas la noche anterior. El salía temprano a hacer una ruta que no conocía bien. Eran los únicos comensales del buffet. El bromeó acerca del tamaño del enorme pedazo de tortilla que ella acababa de servirse. Ella re ruborizó, pero contraatacó señalando los dos croissants generosamente rellenos en el plato de él.

No compartieron mesas, solo un par de miradas más. El se marchó a su ruta, ella esperó al resto de su grupo. Un frío saludo fue su despedida.

La noche siguiente el ascensor se puso en funcionamiento a unas horas poco habituales. Un huésped insomne, quizá sediento, pensé. Una avería inoportuna, temí. Quizá un dolor de cabeza repentino que precise de un par de aspirinas, aventuré. El ascensor llegó hasta el piso cuarto y comenzó a descender. No llegó a la recepción, se detuvo en el segundo. Un par de horas más tarde el ascensor subió de nuevo al segundo, se detuvo unos instantes y ascendió finalmente al cuarto, siempre sin pasar por recepción. Segundo y cuarto piso. El y ella. A veces en Saucepolis pasan muy pocas cosas durante demasiado tiempo. Y la imaginación se dispara.

A la mañana siguiente ambos madrugaron de nuevo, esta vez sin motivo aparente. El me confirmó que la ruta había sido un éxito, podía volver a casa temprano, pero quería hacer un poco de turismo antes. El grupo de ella no bajaría hasta casi dos horas más tarde. Ella se sirvió su tortilla, él sus croissants. No hubo bromas esta vez, sólo dos sonrisas cómplices. Una vez mas no compartieron mesa, ellos sabrán por qué. Su despedida fue menos fría esta vez. Hasta la próxima, dijo él. Buen viaje, contestó ella.

Ignoro si volvieron a verse. Ambos han regresado a Saucepolis. Él durante las vacaciones de su compañero. Ella en otros cursos de su empresa. Creo recordar que no han coincidido más aquí.

Muchas historias de amor han surgido y se han roto en Saucepolis. De algunas he sido testigo. De la mayoría no. Nunca sabré si esta fue una de ellas. Solo el ascensor sabe lo que sucedió aquella noche. Solo el ascensor fue testigo de lo que ocurrió entre aquellos dos extraños en la noche.

octubre 31st, 2011
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Había una vez un pequeño duende que vivía escondido por los rincones de un hotel. Era un personajillo travieso y juguetón que adoraba las bromas y los malentendidos. Tenía por costumbre salir de su escondite para perpetrar sus maldades durante la noche. Le gustaba comerse los croissants del desayuno y llevarse a su guarida el último y codiciado pedazo de tortilla de patata. Escondía las llaves de las habitaciones para que los huespedes creyeran haberlas perdido. Ponía sal en los azucareros y azucar en los saleros, metía calcetines rojos en las coladas de ropa blanca y cambiaba de envase los prdouctos de limpieza para desesperación de las chicas de limpieza.

El personal y los huespedes del hotel pensaban que todas estas cosas eran producto de sus despistes, y maldecían su mala cabeza cada vez que el pequeño duende travieso cometía una de sus fechorías. El duende mientras tanto se moría de risa. Pero una noche cometió una imprudencia. Se dejó ver comiendose los bombones de una habitación y dejó sus diminutas e inconfundibles huellas de chocolate en la ropa limpia de la lavandería.

El rumor de que había un duende en el hotel se extendió como un reguero de pólvora. Empleados y huespedes comenzaron a atar cabos. Todos echaron las culpas de sus desgracias al duende, pero no solo las cometidas por él, sino los verdaderos fallos y despistes que todos sin excepción cometían a diario.

Cuando había un error en una factura o una reserva se traspapelaba, desde recepción, echaban la culpa al duende. Si en lavandería faltaba una toalla o aparecía un quemazo de plancha en un mantel, el duende era el responsable. Y si en los desayunos se quemaba una tostada o había una pepita en el zumo, todos, sin dudar, pensaban en el pequeño duende travieso. Hubo incluso clientes que afirmaban haber visto al duende moviendo las columnas del parking para que se rallaran los coches al aparcar.

Se creó tal clima en contra del duende que empleados y clientes organizaron redadas para darle caza. Varias veces logró escapar de milagro nuestro travieso amigo, asustado y arrepentido. Pero una mañana lo acorralaron en la cocina. Cargados de ira y frustración, odiando al duende por despistes propios y ajenos le obligarobn a saltar sobre los fogones. Una inmensa llamarada apartó al duende de sus vistas y un pequeño incendio se declaró en la cocina.

Tras sofocarlo, avergonzados por su crueldad y entre terribles sentimientos de culpa, fingieron que todo había sido un accidente. En un ataque de hipócrita cordura convinieron que el duende nunca existió. Que duendes y brujas son cosas de niños, y que como errar es humano, las travesuras del duende no eran sino despistes propios.

Pero lo cierto es que el duende existió… y existe, pues milagrosamente saltó hasta la campana extractora evitando el fogonazo, y, un poco chamuscado, regresó a su escondite muerto de miedo. Todavía hoy vive por aquí, y se ha enmendado bastante. Pero a pesar del escarmiento, muy de vez en cuando hace alguna de las suyas. Alguna vez muy de noche me ha parecido verlo husmeando por ahí. Así que si alguna vez en un hotel cree haber perdido las llaves y estas aparecen milagrosamente donde usted no recuerda haberlas dejado, tal vez pueda echarle la culpa al pequeño duende travieso. Pero si en una ocasión aparcando roza el coche contra la columna, no se engañe y regule su espejo retrovisor.

septiembre 30th, 2011
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La noche del aguacero

Cuéntame dónde estuviste

que no te mojaste el pelo.

Aquella noche llovió como si no fuera a existir un mañana. Fue una de esas tormentas que aparecen en las noticias y que dan trabajo al cuerpo de bomberos. La tromba de agua fue de tal magnitud que los huéspedes del ático bajaron aterrorizados por el estruendo del agua sobre el tejado. Fueron testigos de otra tormenta, la que tuvo lugar aquí mismo, frente a la recepción de Saucepolis. Esta tormenta, no tan literal pero aún más dramática, llevaba años fraguándose. La meteorológica surgió de la nada, de hecho había hecho una tarde esplendida. La casualidad quiso que ambas estallaran a la vez y que yo estuviera presente.

Aquella hermosa tarde llegó el señor Ramirez especialmente simpático. Me saludó afectuosamente, estrechó mi mano y se interesó por el personal del hotel. Pero no fue su simpatía lo que más llamó mi atención, sino la joven a la que sujetaba por la cintura y a la que no había visto en mi vida.

-Te presento a mi esposa. Le he hablado tan bien de vosotros que ha insistido en acompañarme en esta ocasión.

-Encantado de conocerla, su esposo es uno de nuestros clientes más fieles.

La palabra fieles resultaba especialmente poco adecuada si tenemos en cuenta que en todos los años que llevaba visitándonos, el señor Ramirez había venido acompañado por la que todos suponíamos su esposa, pero que no era la joven a la que abrazaba en estos momentos.

-Yo subiré a la habitación a descansar, el viaje me ha dado un terrible dolor de cabeza- dijo la joven.

-Intenta conseguirme unas aspirinas, Adolfo- le dijo al señor Ramirez.

-En seguida querida, buscaré una farmacia de guardia.

En cuanto la señorita subió al ascensor, Ramirez me preguntó si teníamos aspirinas.

-Naturalmente

-Pues dame un paquete, y otra habitación, pero no le digas nada a mi esposa.- me dijo con sorprendente naturalidad.

Se retiró a la segunda habitación cuando los primeros truenos sonaban en la calle. La tormenta se presentó de manera fulminante, y con ella el equipo de tenis que teníamos alojado en el hotel. La lluvia había cancelado el campeonato, y media docena de tenistas adolescentes inundaron la recepción con su entrenador a la cabeza. El entrenador era un fornido y atlético joven con amanerados ademanes.

-¡Chicas, Chicas!, no alborotéis, subid a las habitaciones, yo iré a buscar algo de cena.

Los huéspedes del ático bajaron asustados y se quedaron en la cafetería tomando un café, a esperar que pasara la tormenta. Entre unos y otros apenas pude saludar a la supuesta esposa de Ramirez, que subió directamente por la escalera al ver el movimiento que había en el hotel.

Y por un momento todo quedó en calma. Es curioso como en un hotel se pasa del caos más absoluto a la calma total en pocos segundos. Los huéspedes del ático tomaban su café mientras veían llover a través de las ventanas de la cafetería. El entrenador buscaba un sitio de comida rápida seguramente empapado. Las jugadoras de tenis esperaban la cena en sus habitaciones. La señora de Ramirez soportaba su dolor de cabeza sin aspirinas. Y el señor Ramirez y su largamente supuesta esposa yacían impunemente en su habitación. Pero en recepción todo era quietud. Poco habría de durar.

Cuando el ascensor comenzó a bajar desde el piso en el que se alojaba la señora de Ramirez empecé a temer que la situación podría llegar a ser tensa. La joven salió del ascensor con cara de preocupación y se dirigió a la recepción,

- Disculpe, hace más de media hora que mi esposo salió a buscar una farmacia, no contesta al teléfono y con este aguacero temo que pueda haberle pasado algo.

-No se preocupe, no es fácil buscar una farmacia bajo la lluvia, seguro que llega de un momento a otro- dije tratando de escurrir el bulto.

El teléfono sonó, y al ver en la centralita que era la habitación de Ramirez y su amante me dio un vuelco el corazón. Traté de ignorarlo, como si no estuviera sonando.

-Por el amor de dios, conteste al teléfono, me va a estallar la cabeza.

-¿Qué teléfono?- contesté como un imbécil.

-¡El maldito teléfono!, ha sonado ya más de quince veces.

Contesté, el Señor Ramirez me informó de que estaban bajando y me pidió que consiguiera un taxi para la señorita.

-Cómo no- contesté sin encontrar la manera de avisarle.

Cuando la señora Ramirez vio a su esposo salir del ascensor con su amante los miró a uno y a otro con incredulidad. El Señor Ramirez fingió no conocer a su amante y sacando las aspirinas de un bolsillo le dijo:

-Querida, me ha costado un mundo encontrar una farmacia.

La expresión de su amante me dio a entender que no estaba en absoluto al corriente. Ambas mujeres miraron fijamente al señor Ramirez, que sostenía estúpidamente las aspirinas. El ambiente podía cortarse con un cuchillo, pero como toda situación es susceptible de empeorar, el entrenador de tenis llegó empapado con unas bolsas de comida china.

-¡Adolfo!, qué alegría verte por aquí. Cómo es posible que no me hayas dicho que estabas en la ciudad. Y por cierto, no puedo creer que no me llamaras después de lo de Albacete, fue muy poco caballeroso por tu parte. De todos modos te perdonaré, espérame a que suba la comida a las niñas y vengo a por ti, guapetón.

Adolfo me miró, se encogió de hombros y la verdadera tormenta estalló. Correré un tupido velo sobre los insultos, gritos y lágrimas que tuvieron lugar a continuación. Resumiré diciendo que ambas mujeres se marcharon, para mi sorpresa, compartiendo lágrimas y taxi, y que el señor Ramirez pasó aquella noche con el entrenador de tenis. Los huéspedes del ático fueron testigos de la escena desde la cafetería, como quien ve una telenovela. Cuando todo se hubo calmado, incluido el aguacero se acercaron a recepción a por su llave.

-No se lo va a creer, pero el señor que estaba aquí hace un rato, el que discutió con las dos señoritas es idéntico al párroco que casó a nuestra sobrina el año pasado. No puede ser él, pero no había visto un parecido tan grande en mi vida.

-Yo ya me creo cualquier cosa, señora.

agosto 24th, 2011
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Un sudor frío recorre mi espalda al recordar los sucesos acaecidos hace ya un tiempo en este lugar. Pese a mis intentos por olvidar aquella noche no he sido capaz de borrarla de mi memoria y las imágenes siniestras de lo que aquella noche fui testigo permanecen inmutables en mi recuerdo. Como una maldición, como un cruel castigo, como una penitencia insoportable aquellos hechos me persiguen y torturan en las largas madrugadas de insomnio. Me dispongo a continuación a dejar constancia de aquellos sucesos. Me falta el valor pero me puede la esperanza de que, a modo de expiación, poner por escrito lo que sucedió me libere de la carga que soporto. Que Dios proteja las almas de aquellos que se asoman a estas lineas con la misma imprudencia con la que yo me asomé aquella noche al espejo.

Frente a la recepcion en Saucepolis se eleva una escalera que conduce al primer piso. En la pared del descansillo cuelga un espejo. Poco sospechaba yo que aquel espejo sería motivo de tantos quebrantos. Casi nadie repara en él, pero por lo visto lleva ahí mas tiempo del que cabría esperar.

Una aburrida noche de invierno recibí una  visita inesperada. Un extraño personaje se acercó a la recepción. Su rostro era la viva imagen de la desesperación, y vestía un extravagante atuendo. Lucía una levita granate de mezclilla, pantalones a rayas con mas uso del deseable y corbata de lazo. Llevaba el pelo engomado y peinado a raya y tenía un fino bigote sobre una cara mal afeitada.

- Un sujeto curioso- pensé mientras me fijaba en sus perennes ojeras.

- ¡ Qué hace usted aquí, insensato!- me dijo con voz angustiada.

-Está a punto de llegar, ¿no se da usted cuenta?, ¡Le atrapará, le atrapará para siempre!

Sus ojos inyectados en sangre mostraban un terror que me sobrecogió.

-Disculpe caballero, no se de qué me habla. ¿Puedo ayudarle en algo?

-Desde luego que puede ayudarme, peno no lo hará ¿verdad?. Ninguno lo hace- me dijo con una sonrisa que era casi una mueca.

-¡Huya, buen hombre, huya de aquí si no ha de ayudarme!- gritó mientras subía las escaleras a la carrera.

Me quedé petrificado, permanecí en silencio unos segundos tratando de asimilar lo que acababa de suceder. Cuando logré reaccionar subí tras sus pasos, pero era tarde, no había rastro de él. Cuando regresé a la recepción comprobé que la puerta del hotel estaba cerrada, y recordé que el extraño visitante no llamó al timbre. Se presentó sin mas frente a la recepción.

-La falta de sueño y la soledad terminarán por vovlerme loco-, pensé mientras continuaba con mi trabajo dando por hecho que había tenido algo parecido a una alucinación.

Mientras trabajaba tuve una extraña sensación, la sensación de estar siendo observado. Alcé la vista y no vi a nadie, pero al mirar hacia la escalera se me heló la sangre. El visitante me miraba, con cara de pánico desde el espejo del descansillo. Froté mis ojos y miré de nuevo. El reflejo del espejo era ahora normal. La barandilla, la rececpción e incluso la puerta del hote se reflejaban en él, no había rastro del extraño huesped. Un cliente se aproximó a la recepción y pidió una llave. Al dársela, vi por encima de su hombro al tipo de la levita reflejado de nuevo en el espejo y dí un respingo. No había duda, ahí estaba, con su pelo engomado y su ridículo bigote.

-¿Se encuentra usted bien?- preguntó el cliente.

-Si, supongo que si- balbucí con dificultad.

-Pues nadie lo diría, tiene usted mala cara, cualquiera diría que ha visto usted un fantasma- dijo con una risotada mientras cogía su llave y subía por la escalera. Pasó junto al espejo, pero no se fijó en él. Tuvo la enorme fortuna que a mi me faltaría mas tarde.

Esa terrible cara me miraba fijamente desde el espejo. Su expresión era una mezcla de horror y súplica, y aunque mi estado de ánimo había pasado de la inquietud al miedo, no pude evitar acercarme al espejo. Esa cara, esa mirada y un sonido rítmico, como de tambores, me atraían como el canto de una sirena. La imagen del extraño visitante se difuminaba cuando me acercaba al espejo, pero no así el extraño ruido, cada vez mas audible. Cuando llegué al espejo, el reflejo era aparentemente normal, pero solo aparentemente. El interior del edificio se reflejaba, pero no en su estado actual, sino en el que debía de tener hace al menos cien años. En lo que hoy es la recepción había una conserjería, y nuestro visitante dormitaba recostado en una silla. Su atiuendo cobró sentido, era el conserje del edificio.

Tras observar la escena unos segundos me percaté de que yo no me reflejaba en el espejo, y buscando mi imagen vislumbré una sombra, apenas un espectro junto a la puerta del edificio. Se movía con agilidad felina, era un hombre corpulento, envuelto en un largo gabán negro y oculto tras un sombrero de ala ancha. Se aproximó al conserje lentamente y se abalanzó sobre él de un salto. Le agarró del cuello y comenzó a extrangularle. Sus piernas se sacudían convulsivamente, los ojos del conserje se encontraron con los míos cargados de desesperación. Su profecía resonó en mi memoria ” Por supuesto que puede usted ayudarme, pero no lo hará ¿verdad?”. No tuve valor de intervenir, no logré reunir el coraje de atravesar el espejo y ayudar al conserje. El sonido rítmico se aceleró hasta hacerse insoportable y entonces comprendí. ¡Era el corazón del conserje martilleando mi conciencia!. Finalmente cesó, y yo huí despavorido escaleras abajo para refugiarme en la recepción.

No había tenido el valor de intervenir, y pese a que el conserje me advirtió, la culpa me corroe desde aquel día. Desde aquella fatídica noche vivo con temor. Cada cierto tiempo sucede de nuevo. El conserje me mira desde el espejo. A veces con miedo, otras con reproche, alguna vez creo reconocer lástima. V ivo con el temor a sus latidos, con su imagen en mi retina. Su pelo engomado, sus sempiternas ojeras y su ridículo bigote. Jamás he vuelto a asomarme al espejo, y mi cobardía me averguenza. Siento verguenza, culpabilidad y miedo.

Ya está aquí de nuevo, sus latidos son aún lentos, no quiero mirar, ¡no quiero mirar!, pero no puedo evitar hacerlo. Es como el canto de las sirenas. Algún día me llevará con él, me arrastrará al otro lado, a través del espejo.

junio 29th, 2011
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Es medianoche en Saucepolis. En la radio suena el boletín de noticias: “Una ola de calor sahariano invade la península alcanzando temperaturas de…”. Natural, pienso. Una ola de calor en julio parece una noticia algo trivial para abrir un informativo. La falta de noticias ha de ser alarmante. Oigo el camión de la basura, llega algo temprano hoy. Me dispongo a entrar el cubo; los operarios dejan últimamente el cubo junto a la puerta y a los huespedes no les gusta encontararlo ahí. Regreso de recoger el cubo cuando me encuentro con un cliente impaciente frente al mostrador.

- Buenas noches

- ¡Buenas madrugadas, querrá decir!, llevo aquí casi media hora esperando.

Recoger el cubo no ha podido costarme mas de un par de minutos, pero prefiero no replicar y contesto:

- Mil perdones.

-Deme usted la llave de la habitación 701

-Me temo que se equivoca, caballero.

-¡Cómo!,¿insinúa usted que no soy capaz de recordar mi número de habitación?.

-No insinúo nada, señor, pero tal habitación no existe en el hotel. Sólo tenemos seis plantas.

-Pues busqueme usted, soy Adolfo Ruiperez.

Le acerco la llave de la habitación 407.

-¡Cierto!. Ayer tuve la 704 en un hotel de Albacete. Pasé un calor terrible. El hotel era espantoso, tenía el aire acondicionado averiado y el personal era ciertamente impertinente.

-Pues aquí funciona perfectamente.

-Algo es algo. Deme usted un vaso de leche para subir a la habitación.

-¿Con azucar o miel?-, pregunto solícito.

-¿Acaso quiere matarme?- Barma Ruiperez. -Soy diabético, por el amor de Dios. Y no se le ocurra calentar la leche.

El señor Ruiperez se retira camino del ascesor con su vaso de leche fría sin azucar ni miel y yo no puedo evitar un suspiro de alivio.

Llega el encargado de la lavandería, cargado con los sacos de ropa limpia y empapado en sudor.

-¡Hace un calor del demonio!, dice jadeante.

-En la radio dicen que es una ola de calor.

-¡Es el maldito verano!, yo creo que no llegaré a septiembre con vida…

Es medianoche en Saucepolis y el calor sigue siendo sofocante. Suenan las noticias en la radio: “Una ola de calor sahariano invade la península alcanzando temperaturas de…” Desde luego esto es ya sin duda excesivo. Ya son dos noches seguidas con la misma noticia sin importancia. Oigo el camión de la basura, de nuevo muy temprano. Seguramente habrán cambiado la ruta por el verano. Cuando regreso de recoger el cubo maldigo mi mala suerte. El señor Ruiperez me espera de nuevo impaciente frente al mostrador.

-Buenas noches, y disculpe usted por…

-¡Buenas madrugadas, querrá decir!- me interrumpe- Llevo aquí casi media hora esperando. Deme usted la llave de la habitación 704.

-Querrá usted decir 407

-¡Insinúa usted que sabe mejor que yo dónde me alojo!

-Desde luego que no, pero es que ayer…

-Ayer dormí en Albacete-me interrumpe de nuevo-, y menudo calor pasé. Estuve en un hotel espantoso, tenían el aire acondicionado estropeado y el personal era casi tan impertinente como el de aquí.

-Pues aquí creo que funciona sin problemas, contesto con dudas pasando por alto la ofensa.

-Eso espero. ¡Pongame un vaso de leche para llevar!

-Sin azucar ni miel, supongo.

-¡Así no hay quien se la tome!. Pongame sacarina, y calientela un poco, ¡Por el amor de Dios!.

El señor Ruiperez sube en el ascensor con su leche tibia con sacarina, y mi suspiro no es ya tanto de alivio como de inquietud. Tenemos un trastornado en el hotel, esperemos que no de problemas.

Llega el encargado de lavandería cargado con sus sacos y empapado en sudor

-¡Hace un calor del demonio!

-Como ayer, mas o menos, ¿no?.

-Como todo el maldito verano. Te juro que no llego a septiembre con vida.

Es medianoche en Saucepolis. La radio dice: ” una ola de calor sahariano invade la península alcanzando temperaturas de…” La sitiación empieza a estar un poco mas clara. Sin duda alguien se ha marchado de vacaciones en la emisora y se ha dejado el piloto automático puesto. Supongo que tendrá problemas a su regreso. Definitivamente hay nueva ruta en el servicio de limpieza, el camión ya está aquí y el cubo bloquea la pueta. Retiro el cubo a toda prisa, el señor Ruiperez parece un hombre de costumbres y no tardará en llegar. Resulta inutil, cuendo llego a recepcion, Ruiperez me espera con cara de pocos amigos.

-¡Buenas madrugadas!- digo, tratando de resultar simpático.

(más…)

noviembre 27th, 2009
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Fiel compañera en las largas noches de soledad, ventana de conocimiento, entretenimiento o información, íntima confidente que despierta emociones, risas, incertidumbres e incluso lágrimas. Hubo un tiempo en que la gente se reunía en torno a la radio. Hubo un tiempo en el que Orson Welles estremeció a un país con su Guerra de los Mundos, muchos creyeron que todo aquello era cierto. Hubo un tiempo en el que la radio encumbraba a las estrellas de la música. Pero el video mató a la estrella de la radio (Y Youtube lleva camino de acabar con la MTV), y la radio no es hoy un fenómeno de masas sino un medio íntimo. No es capaz hoy en día de estremecer a todo un país, pero si  a un puñado de oyentes sensibles, sin necesidad de creer que lo que nos cuentan es cierto. Y ya no encumbra a las estrellas de la música, es un reducto de rarezas o de música de otras décadas.

Aquellos que veneramos la soledad, necesitamos no obstante en ocasiones una leve compañía. Amamos la radio, que es nuestra particular forma de serle infiel a nuestra adorada soledad. El vínculo que se establece entre oyente y locutor tiene algo de mágico. Y cuando en Saucépolis, a altas horas de la madrugada se escucha el leve susurro de un transistor junto al, probablemente, único saucepolita despierto a esas horas, ese habitante de saucepolis no está sólo, está acompañado, pero sólo lo justo, acompañado por el embrujo de las ondas.

Puedo recordar un buen puñado de excelentes programas que me han acompañado a lo largo de todos estos años. La oferta radiofónica nocturna es peculiar y eterogenea. Algunos de esos programas aún pueden escucharse, otros fueron retirados, pero todos permanecen en mi memoria con momentos gloriosos que recordaré siempre. Plástico y Decibelios, con el gran Julián Ruiz es un reducto de buena música en el desolador panorama actual. Los Lechones de Gomaespuma tuvieron la genial idea de reponer de madrugada su programa matinal. Se escuchaba en aquel tiempo en Saucépolis carcajadas a deshora que podríamos denominar. Aún funciona a buen nivel la Rosa de los Vientos, pero ya no con su creador, Juan Luis Cebrián, que nos dejó huerfanos hace ya demasiado tiempo. Eran divertidísimas las discusiones de Carlos Pumares en Lluvia de Estrellas, cuando un oyente discrepaba de sus críticas cinematográficas u osaba defender que la tortilla de patatas sabe mejor con cebolla. Deberíamos preguntar a Pili al respecto. Los relatos, siempre sospechosos, alguna vez ciertos y muchas veces deliciosamente inventados de Hablar por Hablar, son otro de los clásicos de la noche. Milenio 3 o Espacio en blanco no abrían las puertas del misterio. Son una gran opción para no dormirse, pero no tanto para estar sólo de madrugada.

La sonrisa del jugón

La sonrisa del jugón

Y una mención especial merece el deporte en la radio. Jamás un gol será tan bello en realidad como contado por un locutor de radio. Retrasmisiones de partidos, tertulias futbolísticas, debates, entrevistas… todo un mundo al rededor del deporte que supera muchas veces el espectáculo propiamente dicho. Yo siempre fuí seguidor de Supergarcía, un innovador mil veces imitado. Y junto a García conocí a un locutor que ha sido el mas grande de la historia de este país. Nos dejó recientemente, y aunque fué en la televisión donde adquirió fama y reconocimiento, comenzó en la radio, cuyo estilo nunca abandonó. Nos dejó, y siempre lo recordaremos. Nunca dejaremos de preguntarnos por qué. Por qué todos los jugones sonríen igual

septiembre 11th, 2009
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Fue una de esas cortas noches de verano. Una leve brisa aliviaba las ardientes aceras de esta ciudad tras una infernal jornada de calor sofocante. El cielo estaba claro, transparente, y sin luna. Las estrellas amenazaban con caerse del cielo con un fulgor tan maravilloso que sobrecogía. En Saucépolis reinaba una quietud extraña en estas bulliciosas noches de verano. No había paseantes degustando helados, ni enamorados besandose furtivos tras la esquina. No había huespedes trasnochadores esta extraña noche de verano.

La noche se prometía tranquila, pero la falsa promesa no tardaría en desvelarse. Desvelado andaba yo, según mi costumbre y obligación, pero lo que a continuación vería no fue fruto de la vigilia ni del desvelo. Tampoco un delirio, doy fe. tal vez un sueño lúcido propio de quien mucho piensa y poco cuenta, y a fuerza de pensar pierde la razón y el juicio.

Admirado estaba yo en las puertas de Saucépolis por la belleza de esta noche y su silencio, cuando precisamente un ruido me hizo entrar. Había movimiento en el bar, pero nadie estaba tras la barra. las puertas de la cámara se abrían con desigual ritmo, pero ninguna mano tocaba las puertas. Sorprendido por el enigmático trajín me decidí a acercarme, para descubrir incrédulo que mi primera impresión había sido certera.

La cafetera, ya caliente, dispensaba un cremoso café sólo. El exprimidor daba buena cuenta de las naranjas alineadas a su lado. La tostadora preparaba unas crujientes rebanadas. La repostería abandonaba su reposo en las profundidares de las refrigeradoras para, levitando, situarse en la mejor mesa de la cafetería. Un suculento desayuno estaba siendo preparado, pero nadie parecía estar haciendolo. Y yo, absorto, no podía sino mirar con la sonrisa complacida de quien ve realizar un trabajo bien hecho.

Es paradójico cómo en medio de semejante prodigio, obra de duendes o brujas, lo que mas me sorprendió fué que a ese desayuno le faltaba la tortilla de patatas. Pero es que incluso los duendes y las brujas saben que hay cosas que ni la magia puede superar, y la tortilla de Pili es una de ellas.

Una figura entró en la cafetría con aire altivo, no sabría decir si era real o eterea, pero sin duda era educada. Saludó con una leve reverencia y sentóse a la mesa para desayunarse con el tremendo festín. Yo respondí al saludo, y por primera vez me dí cuenta de lo extraordinario de la situación. El teléfono me sacó de mi asombro, y con instintiva premura acudí a contestar. Nadie había tras el hilo telefónico, pero al mirar de nuevo a la cafetería, ni resto de la escena que acababa de presenciar quedaba allí. Nuestro extraño huesped se había esfumado, y con el todo su desayuno. La cocina estaba limpia y ordenada, y sólo un ligero aroma a café y a pan tostado recordaban lo que allí acababa de suceder.

Nunca sabré el origen de estos sucesos, tal vez un día nuestro extraño amigo regrese para saciar su apetito, pero se que no dormía, se que no fue el sueño de una noche de verano, tal vez fué el desvarío de quien mucho piensa y poco cuenta, y a fuerza de mucho pensar y poco contar viene a perder la razón y el juicio.

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