Crónicas Nocturnas XXI: Todo está en los libros
¿Hay una sensación mejor que la de abrir un libro nuevo? Adoro ese olor a tinta, a cola y a papel nuevo, ese crujido de las páginas… Pero sà que hay una sensación mejor, la sensación de abrir un libro viejo. Un libro que tal vez un dÃa leÃste. A veces encuentras recuerdos en él. Un billete de autobús que utilizaste para marcar, una mancha de algo que estabas comiendo, unos granos de arena de aquella playa en la que lo leÃste o incluso el leve aroma del perfume que entonces utilizabas. Si el libro ha pertenecido a otras personas se puede encontrar en él la impronta de aquellos que se pasearon por sus páginas.
Aquella noche yo acababa de entrar en Saucepolis. Mi turno no habÃa hecho sino comenzar. Un objeto llamó mi atención desde la cafeterÃa. HabÃa un libro sobre una de las mesas de la cafeterÃa del hotel, Mi Habitación Favorita. Me acerqué y le eché un vistazo. Se trataba de una vetusta edición de bolsillo de las aventuras de C. Auguste Dupin, de E.A.Poe. Una bonita recopilación de las tres historias del detective. Quien quiera que fuera el dueño de aquel libro ya se habÃa ganado mi simpatÃa. Adoro las novelas de detectives. Y aunque soy admirador confeso de Holmes, que llega a despreciar las técnicas de Dupin en un par de relatos del Canon, no se puede negar que Conan Doyle tomó a Dupin como modelo de Sherlock del mismo modo que Christie se inspiró en ambos para crear a Poirot.
Leer un libro en una cafeterÃa es toda una rareza hoy en dÃa. Vivimos tiempos de prisas y estamos esclavizados por los dispositivos tecnológicos. Es habitual encontrarse cargadores, teléfonos o tabletas olvidadas, pero encontrar una novela de detectives sobre la mesa de un café era demasiado sugerente para ser cierto.
Miré a mi alrededor, pero no habÃa ya nadie en la cafeterÃa ni en el hall del hotel. Sin duda alguien olvidó el libro en el turno anterior. Decidà que tenÃa que encontrar al dueño del libro y hacérselo llegar. Si yo perdiera mi volumen de relatos de Dupin agradecerÃa enormemente que alguien hiciera lo mismo por mÃ. Asà que imbuÃdo por el espÃritu de Holmes decidà buscar indicios que sugirieran a quién pertenecÃa aquel libro.
Abrà el libro y mis simpatÃas por el propietario decayeron dramáticamente. TenÃa la fea costumbre de marcar las páginas doblando la esquina superior. A parte de esto el libro estaba en buenas condiciones. Las páginas habÃan amarilleado un poco, y el papel no era de gran calidad. Las tapas blandas estaban sorprendentemente conservadas para una edición de bolsillo. Sin duda aquél volumen habÃa pasado buena parte de sus treinta años en una estanterÃa. No habÃa polvo en el lateral. No habÃa estado en una biblioteca olividada. La edición, como digo, era de hace más de treinta años, de una editorial desconocida para mi con sede en Buenos Aires. No habÃa marcas ni anotaciones, no habÃa exlibris ni sellos de biblioteca. No iba a ser tarea fácil.
Pensé que el libro tenÃa que pertenecer a alguien de cierta edad. La fecha de edición era un dato a tener en cuenta, y el libro estaba demasiado bien cuidado para haber pasado por varios dueños. Estaba pensando en que quizá fuera una mujer, la costumbre de doblar la esquina superior es algo que habÃa visto en varias mujeres anteriormente. En esto estaba pensando cuando encontré entre las páginas un largo cabello de color indescriptible, seguramente fruto de un tinte. Mis sospechas se confirmaban. Asà pues, tenÃamos a una mujer de mediana edad, con el pelo largo y teñido, aficionada a las novelas de detectives y posiblemente argentina.
El ascensor se abrió en la planta baja y el vivo retrato del fruto de mis pesquisas salió de él. Una elegante señora de unos cincuenta años, media melena color caoba y marcado acento porteño pidió un té para subir a la habitación. Mientras se lo servÃa comenté:
-Creo que se dejó algo antes en la cafeterÃa, señora.
-No he echado nada en falta.
-¿No es suyo este libro?
-Es la primera vez que lo veo. Hace tiempo que no llevo libros conmigo. Mi ebook es una maravilla.
-Disculpe, señora- dije desolado mientras servÃa el té.
La señora se retiró a su habitación dejandome confuso. Un muchacho en pijama bajó por las escaleras desde la primera planta.
-Disculpe señor, ¿No habrá visto usted un libro en la cafeterÃa?
El muchacho no tendrÃa mas de doce años. No encajaba para nada en mis esquemas. tenia que tratarse de un error.
-Tal vez, ¿Qué libro has perdido?
-Una vieja edición de las aventuras de Dupin.
-Pues si, precisamente por aquà lo tengo. ¿Te gustan las novelas de detectives?
-Es la primera que leo. En realidad me quita usted un peso de encima. He “cogido prestado” el libro de la biblioteca de mi tÃa, me habrÃa sabido fatal perderlo. Pero de momento me está encantando.
-Solo te diré dos palabras para cuando lo termines, muchacho, Sherlock Holmes- dije mientras devolvÃa el libro al chico.
-Gracias- dijo, y subió a la carerra por las escaleras.
-¡Disculpa!- dije, -¿Es de Argentina tu tÃa?-
-No, pero vivió un tiempo allà hace años, ¿Cómo lo sabe?
-Elemental, muchacho, elemental.





