Desde las profundidades de la noche os ofrecemos esta colección de relatos. Anécdotas, ocurrencias, eventos y acontecimientos de interés para este humilde heraldo de la noche son la esencia de estos escritos dirigidos a insomnes, curiosos y a toda la fauna saucepolita.
junio 29th, 2011
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Es medianoche en Saucepolis. En la radio suena el boletín de noticias: “Una ola de calor sahariano invade la península alcanzando temperaturas de…”. Natural, pienso. Una ola de calor en julio parece una noticia algo trivial para abrir un informativo. La falta de noticias ha de ser alarmante. Oigo el camión de la basura, llega algo temprano hoy. Me dispongo a entrar el cubo; los operarios dejan últimamente el cubo junto a la puerta y a los huespedes no les gusta encontararlo ahí. Regreso de recoger el cubo cuando me encuentro con un cliente impaciente frente al mostrador.

- Buenas noches

- ¡Buenas madrugadas, querrá decir!, llevo aquí casi media hora esperando.

Recoger el cubo no ha podido costarme mas de un par de minutos, pero prefiero no replicar y contesto:

- Mil perdones.

-Deme usted la llave de la habitación 701

-Me temo que se equivoca, caballero.

-¡Cómo!,¿insinúa usted que no soy capaz de recordar mi número de habitación?.

-No insinúo nada, señor, pero tal habitación no existe en el hotel. Sólo tenemos seis plantas.

-Pues busqueme usted, soy Adolfo Ruiperez.

Le acerco la llave de la habitación 407.

-¡Cierto!. Ayer tuve la 704 en un hotel de Albacete. Pasé un calor terrible. El hotel era espantoso, tenía el aire acondicionado averiado y el personal era ciertamente impertinente.

-Pues aquí funciona perfectamente.

-Algo es algo. Deme usted un vaso de leche para subir a la habitación.

-¿Con azucar o miel?-, pregunto solícito.

-¿Acaso quiere matarme?- Barma Ruiperez. -Soy diabético, por el amor de Dios. Y no se le ocurra calentar la leche.

El señor Ruiperez se retira camino del ascesor con su vaso de leche fría sin azucar ni miel y yo no puedo evitar un suspiro de alivio.

Llega el encargado de la lavandería, cargado con los sacos de ropa limpia y empapado en sudor.

-¡Hace un calor del demonio!, dice jadeante.

-En la radio dicen que es una ola de calor.

-¡Es el maldito verano!, yo creo que no llegaré a septiembre con vida…

Es medianoche en Saucepolis y el calor sigue siendo sofocante. Suenan las noticias en la radio: “Una ola de calor sahariano invade la península alcanzando temperaturas de…” Desde luego esto es ya sin duda excesivo. Ya son dos noches seguidas con la misma noticia sin importancia. Oigo el camión de la basura, de nuevo muy temprano. Seguramente habrán cambiado la ruta por el verano. Cuando regreso de recoger el cubo maldigo mi mala suerte. El señor Ruiperez me espera de nuevo impaciente frente al mostrador.

-Buenas noches, y disculpe usted por…

-¡Buenas madrugadas, querrá decir!- me interrumpe- Llevo aquí casi media hora esperando. Deme usted la llave de la habitación 704.

-Querrá usted decir 407

-¡Insinúa usted que sabe mejor que yo dónde me alojo!

-Desde luego que no, pero es que ayer…

-Ayer dormí en Albacete-me interrumpe de nuevo-, y menudo calor pasé. Estuve en un hotel espantoso, tenían el aire acondicionado estropeado y el personal era casi tan impertinente como el de aquí.

-Pues aquí creo que funciona sin problemas, contesto con dudas pasando por alto la ofensa.

-Eso espero. ¡Pongame un vaso de leche para llevar!

-Sin azucar ni miel, supongo.

-¡Así no hay quien se la tome!. Pongame sacarina, y calientela un poco, ¡Por el amor de Dios!.

El señor Ruiperez sube en el ascensor con su leche tibia con sacarina, y mi suspiro no es ya tanto de alivio como de inquietud. Tenemos un trastornado en el hotel, esperemos que no de problemas.

Llega el encargado de lavandería cargado con sus sacos y empapado en sudor

-¡Hace un calor del demonio!

-Como ayer, mas o menos, ¿no?.

-Como todo el maldito verano. Te juro que no llego a septiembre con vida.

Es medianoche en Saucepolis. La radio dice: ” una ola de calor sahariano invade la península alcanzando temperaturas de…” La sitiación empieza a estar un poco mas clara. Sin duda alguien se ha marchado de vacaciones en la emisora y se ha dejado el piloto automático puesto. Supongo que tendrá problemas a su regreso. Definitivamente hay nueva ruta en el servicio de limpieza, el camión ya está aquí y el cubo bloquea la pueta. Retiro el cubo a toda prisa, el señor Ruiperez parece un hombre de costumbres y no tardará en llegar. Resulta inutil, cuendo llego a recepcion, Ruiperez me espera con cara de pocos amigos.

-¡Buenas madrugadas!- digo, tratando de resultar simpático.

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noviembre 27th, 2009
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Fiel compañera en las largas noches de soledad, ventana de conocimiento, entretenimiento o información, íntima confidente que despierta emociones, risas, incertidumbres e incluso lágrimas. Hubo un tiempo en que la gente se reunía en torno a la radio. Hubo un tiempo en el que Orson Welles estremeció a un país con su Guerra de los Mundos, muchos creyeron que todo aquello era cierto. Hubo un tiempo en el que la radio encumbraba a las estrellas de la música. Pero el video mató a la estrella de la radio (Y Youtube lleva camino de acabar con la MTV), y la radio no es hoy un fenómeno de masas sino un medio íntimo. No es capaz hoy en día de estremecer a todo un país, pero si  a un puñado de oyentes sensibles, sin necesidad de creer que lo que nos cuentan es cierto. Y ya no encumbra a las estrellas de la música, es un reducto de rarezas o de música de otras décadas.

Aquellos que veneramos la soledad, necesitamos no obstante en ocasiones una leve compañía. Amamos la radio, que es nuestra particular forma de serle infiel a nuestra adorada soledad. El vínculo que se establece entre oyente y locutor tiene algo de mágico. Y cuando en Saucépolis, a altas horas de la madrugada se escucha el leve susurro de un transistor junto al, probablemente, único saucepolita despierto a esas horas, ese habitante de saucepolis no está sólo, está acompañado, pero sólo lo justo, acompañado por el embrujo de las ondas.

Puedo recordar un buen puñado de excelentes programas que me han acompañado a lo largo de todos estos años. La oferta radiofónica nocturna es peculiar y eterogenea. Algunos de esos programas aún pueden escucharse, otros fueron retirados, pero todos permanecen en mi memoria con momentos gloriosos que recordaré siempre. Plástico y Decibelios, con el gran Julián Ruiz es un reducto de buena música en el desolador panorama actual. Los Lechones de Gomaespuma tuvieron la genial idea de reponer de madrugada su programa matinal. Se escuchaba en aquel tiempo en Saucépolis carcajadas a deshora que podríamos denominar. Aún funciona a buen nivel la Rosa de los Vientos, pero ya no con su creador, Juan Luis Cebrián, que nos dejó huerfanos hace ya demasiado tiempo. Eran divertidísimas las discusiones de Carlos Pumares en Lluvia de Estrellas, cuando un oyente discrepaba de sus críticas cinematográficas u osaba defender que la tortilla de patatas sabe mejor con cebolla. Deberíamos preguntar a Pili al respecto. Los relatos, siempre sospechosos, alguna vez ciertos y muchas veces deliciosamente inventados de Hablar por Hablar, son otro de los clásicos de la noche. Milenio 3 o Espacio en blanco no abrían las puertas del misterio. Son una gran opción para no dormirse, pero no tanto para estar sólo de madrugada.

La sonrisa del jugón

La sonrisa del jugón

Y una mención especial merece el deporte en la radio. Jamás un gol será tan bello en realidad como contado por un locutor de radio. Retrasmisiones de partidos, tertulias futbolísticas, debates, entrevistas… todo un mundo al rededor del deporte que supera muchas veces el espectáculo propiamente dicho. Yo siempre fuí seguidor de Supergarcía, un innovador mil veces imitado. Y junto a García conocí a un locutor que ha sido el mas grande de la historia de este país. Nos dejó recientemente, y aunque fué en la televisión donde adquirió fama y reconocimiento, comenzó en la radio, cuyo estilo nunca abandonó. Nos dejó, y siempre lo recordaremos. Nunca dejaremos de preguntarnos por qué. Por qué todos los jugones sonríen igual

septiembre 11th, 2009
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Fue una de esas cortas noches de verano. Una leve brisa aliviaba las ardientes aceras de esta ciudad tras una infernal jornada de calor sofocante. El cielo estaba claro, transparente, y sin luna. Las estrellas amenazaban con caerse del cielo con un fulgor tan maravilloso que sobrecogía. En Saucépolis reinaba una quietud extraña en estas bulliciosas noches de verano. No había paseantes degustando helados, ni enamorados besandose furtivos tras la esquina. No había huespedes trasnochadores esta extraña noche de verano.

La noche se prometía tranquila, pero la falsa promesa no tardaría en desvelarse. Desvelado andaba yo, según mi costumbre y obligación, pero lo que a continuación vería no fue fruto de la vigilia ni del desvelo. Tampoco un delirio, doy fe. tal vez un sueño lúcido propio de quien mucho piensa y poco cuenta, y a fuerza de pensar pierde la razón y el juicio.

Admirado estaba yo en las puertas de Saucépolis por la belleza de esta noche y su silencio, cuando precisamente un ruido me hizo entrar. Había movimiento en el bar, pero nadie estaba tras la barra. las puertas de la cámara se abrían con desigual ritmo, pero ninguna mano tocaba las puertas. Sorprendido por el enigmático trajín me decidí a acercarme, para descubrir incrédulo que mi primera impresión había sido certera.

La cafetera, ya caliente, dispensaba un cremoso café sólo. El exprimidor daba buena cuenta de las naranjas alineadas a su lado. La tostadora preparaba unas crujientes rebanadas. La repostería abandonaba su reposo en las profundidares de las refrigeradoras para, levitando, situarse en la mejor mesa de la cafetería. Un suculento desayuno estaba siendo preparado, pero nadie parecía estar haciendolo. Y yo, absorto, no podía sino mirar con la sonrisa complacida de quien ve realizar un trabajo bien hecho.

Es paradójico cómo en medio de semejante prodigio, obra de duendes o brujas, lo que mas me sorprendió fué que a ese desayuno le faltaba la tortilla de patatas. Pero es que incluso los duendes y las brujas saben que hay cosas que ni la magia puede superar, y la tortilla de Pili es una de ellas.

Una figura entró en la cafetría con aire altivo, no sabría decir si era real o eterea, pero sin duda era educada. Saludó con una leve reverencia y sentóse a la mesa para desayunarse con el tremendo festín. Yo respondí al saludo, y por primera vez me dí cuenta de lo extraordinario de la situación. El teléfono me sacó de mi asombro, y con instintiva premura acudí a contestar. Nadie había tras el hilo telefónico, pero al mirar de nuevo a la cafetería, ni resto de la escena que acababa de presenciar quedaba allí. Nuestro extraño huesped se había esfumado, y con el todo su desayuno. La cocina estaba limpia y ordenada, y sólo un ligero aroma a café y a pan tostado recordaban lo que allí acababa de suceder.

Nunca sabré el origen de estos sucesos, tal vez un día nuestro extraño amigo regrese para saciar su apetito, pero se que no dormía, se que no fue el sueño de una noche de verano, tal vez fué el desvarío de quien mucho piensa y poco cuenta, y a fuerza de mucho pensar y poco contar viene a perder la razón y el juicio.

julio 2nd, 2009
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Cuenta la leyenda que en el reino de los girasoles nació un ser extraño, distinto a los demás. Sus pétalos no eran amarillos sino blancos. Aborrecía el sol y adoraba la luna. Bajaba su flor de día huyendo de la luz, y se erguía orgulloso antes del albor. Por sus costumbres noctámbulas a este extraño girasol le llamaron Giraluna. Por ser distinto, por comportarse de manera diferente fue denostado, perseguido y obligado a huír. Y según esta leyenda, el Giraluna continúa danzando al ritmo de la luna por los campos de girasoles, oculto en la oscuridad de la noche.

Todos aquellos que por elección propia o por las circunstancias vivimos mas de noche que de día nos hemos identificado alguna vez con el Giraluna. Vivir a contracorriente no es facil, y la incomprensión de los demás acaba por hacer mella en muchos de nosotros. Pero aquellos que somos noctámbulos natos, aquellos que dormimos de día por propia naturaleza, somos capaces de disfrutar de los pequeños y deliciosos placeres que la oscuridad, la luna, la soledad y la noche nos proporciona.

El llanto de un bebé me saca de estos pensamientos. Es noche cerrada en Saucépolis, y tras el llanto llega el ascensor. Un huesped somnoliento, en pijama y con un biberón en la mano me pide un microhondas. La cara de resignación sugiere que no es la primera noche en vela para este padre. No puedo sino sonreir. Es poco probable que el biberón calme a la criatura. Un pequeño giraluna habita esta noche entre los muros de Saucepolis.

El desdichado progenitor sube con su biberón tibio, el pequeño giraluna sigue llorando, no quiere dormir. Y yo tecleo este escrito mientras sonrio. Hay un pequeño giraluna entre nosotros, y al menos ya somos dos…

junio 1st, 2009
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Cuando el susurro se torna estruendo y el murmullo parece alboroto, es que estamos escuchando los sonidos del silencio.

De madrugada, mientras la ciudad duerme, el silencio se apodera las calles. Se extiende como una niebla densa. Pero es un dominio frágil. El canto de un grillo, una persiana que se cierra, el motor de un inoportuno vehículo que circula a deshoras son capaces de romper tan maravillosa quietud.

Hay sonidos que pasan desapercibidos durante el día, pero que cuando cae la noche y sólo los noctámbulos permanecemos en vigilia se hacen presentes de un modo abrumador. Es sorprendente como hay quien es capaz de dormirse en la incomoda butaca de un autobus abarrotado, y muchos se desvelan con un simple grifo que gotea.

El universo de sonidos de la noche en Saucepolis no conoce límites. La mayoría son conocidos. Una cámara comienza a funcionar y emite un rumor característico. La bomba de agua se activa y ruge dutrante unos segundos. Una cisterna se vacía y las tuberías se retuercen de un modo inquietante. La barandilla de metal cruje, Dios sabrá por qué.

Pero a veces un sonido me sorprende. Un portazo de madrugada me sobresalta, pero nadie baja por el ascensor. Tal vez un insomne aburrido patrulla los pasillos para encontrar a Morfeo, me digo. Quizás el encuentro furtivo de dos de nuestros huespedes que se conocieron en el desayuno, imagino. O tal vez la puerta corresponda a un baño y no tarde en oír la cisterna. Quién sabe. Sólo es un portazo.

No suena cisterna alguna, pero la barandilla de metal cruje, Dios sabrá por qué, y se lleva mis pensamientos a otro lado. Siempre hay algo que hacer en Saucepolis, y los sonidos del silencio me harán compañía en el proceso.

mayo 12th, 2009
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imagen-002Existe un momento mágico en el que la noche aún no es día, y el día todavía es noche. En ese confuso momento el cielo se tiñe de azúl eléctrico. A esa hora las nieblas son mas densas, las heladas mas severas y el viento sopla mas fuerte. A esa hora Saucepolis huele a café y a tortilla de patatas.

Al alba, madrugadores y trasnochadores coinciden por un instante. En ese instante coinciden a las puertas de Saucepolis. Coinciden y se miran. Buenas noches, dice uno. Buenos días contesta el otro. Como cigarra y hormiga, nuestro pequeño crápula baja la mirada, con reparo. Nuestro aplicado madrugador, en cambio, mira altivo…con cierta envidia. Envidia del cálido lecho que espera a su fugaz compañero,  y envidia tal vez también de las aventuras que habrá vivido mientras él dormía, aún demasiado poco tiempo.

Uno sube, otro se va. Pili en los fogones, el que esto escribe en la recepción. La ciudad despierta, la magia se esfuma…

Amanecer azul eléctrico en Saucepolis.

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