Crónicas nocturnas XV: Mi zaragoza (Por Agustín Ferrer Gasol)

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Agustí Ferrer Gasol

Este mes en Crónicas Nocturnas os ofrecemos un auténtico lujo. Tenemos por primera vez un autor invitado que ha tenido la gentileza de regalarnos una fabulación. Contamos con la colaboración de un magnífico escritor, autor entre otras de La Taula Amiga (Editorial Columna Albí), uno de los grandes éxitos de la feria de Sant Jordi de hace tres años y que será reeditada en breve. Agustí es un fabulador sensacional y un tipo divertidísimo. Pasó por Saucepolis por casualidad, y casual fué el modo en que supimos de su profesión y talento. De hecho, la manera en la que obtuvimos este relato es digna de otro pequeño relato. Tenemos el placer de presentaros Mi Zaragoza, por Agustí Ferrer Gasol, sin duda la mejor crónica publicada hasta la fecha, un lujo para este blog.

Mi Zaragoza

Mientras escuchaba el interesante discurso de la estatua parlante del Foro, vino a mi encuentro Ascipius, el esclavo preferido del noble Lúculo, el paladar más exquisito del Imperio. Había llegado a Cesaraugusta atraído por la fama de sus vinos, de cuerpo generoso y sabor hondo. El esclavo, previa una leve reverencia, me entregó un mensaje de su señor. Aprovechando la ocasión me ofreció una pequeña vasija rebosante de garum y un dolium de vino, conseguidos a hurtadillas (la siesta de Lúculo era larga y profunda), a cambio de dos dinares. Le dije que sólo me quedaban siete euros con veinte céntimos. Miró con rapidez el conversor de divisas en su blackberry y aceptó inmediatamente. El cambio estaba aquel día de finales de mayo a 1 euro = 5,36 dinares.

Guardé la compra en el acogedor hotel Sauce, donde posaba, un hotel en el que me sentí como en casa. El siguiente día amaneció en estado de gracia. Me esperaba un desayuno que sólo sirven en el palacio de los duques de Bergua, cerca de Barbastro, una vez al año, coincidiendo con la primera luna llena de junio que protege las cosechas y mata las víboras y los alacranes. Tomé una filantrópica ración de tortilla de patatas, una pura maravilla, tan hermosa como el as de oros y bordada en la cocina con mano gentil. La acompañé con pan con tomate rociado con aceite aragonés de primera prensada, con el garum de calidad romana y sorbitos frecuentes de vino tinto. Aquella mañana Zaragoza se me antojó la ciudad más bella del mundo y la Seo una filigrana de zafiros y magnolias suspendida en el aire, levitando en el cielo.

Leí el correo que me había entregado el pícaro esclavo: In via Tubus refectorium Texas ad hora duodecima. Siguiendo las intrucciones del mensaje me personé, cuando el sol se mecía por poniente, en la inefable tasca del señor Pascualillo, propietario del Texas. Allí estaban, ocupando dos de las tres mesas que caben en la tasquilla, el noble Lúculo, Jafar Al-Muqtadir, jeque de l´Aljaferia y Encarnita Montoya, la artista más musijolera del teatro-cabaret El Plata. No era muy lozana pero sí rolliza, con unos pechos superlativos, como dos obuses.

Por expreso deseo del Emperador, Lúculo nos había reunido para hablar sobre la Teoría Cuántica y su influencia sobre la crisis de Bankia y sobre el color indefinido de las mariposas de Liguria, tema que, como es obvio, dominábamos todos los allí presentes. El señor Pascualillo nos sirvió cuatro raciones de doce infortunados pajaritos para hacer boca. Cuando habíamos dejado en puro hueso el octavo pajarito y la quinta copa de vino la plática derivó con entusiasmo hacia el fútbol (el Zaragoza en Primera), el sexo (Encarnita sabía un potosí) y el buen yantar, tema que Lúculo dominaba, sin irle demasiado a la zaga Jafar Al-Muqtadir, asiduo cliente de la tienda gourmets del Corte Inglés y de la pastelería La Tolosana. Hablando a borbotones, pedimos unos tacos de jamón de Teruel, unas tentadoras lonchas de tocino entreverado y una ristra de chorizos caseros de Albarracín, mientras las jarras de vino iban y venían a porfía.

El jefe moro se zampaba todos los encantos que nos regala Su Ilustrísima el Cerdo, galufo en su idioma, con ansiedad y presteza, porque, a pesar de ser el titular de una Bula que le había otorgado el papa Calixto III, por la que pagó trece mil sextercios y la mujer más joven del harén como propina, en la Aljafería sólo le servían galufo y vino durante el Ramadán para dar ejemplo a sus súbditos, fieles seguidores del Profeta.

De pronto, mis ojos turbios se fijaron en un personaje solitario que se sentó en la tercera mesa, la única disponible. Es Goya, me dije. Lo llamé varias veces por su nombre pero ni se enteró. Sordo y concentrado, acababa un esbozo magistral destinado a su colección de 33 grabados, titulada La tauromaquia. La estampa era fascinante, antológica, propia de un genio universal. En el centro, ligeramente inclinado hacia la derecha, el torero Nicanor Villalta ejecutaba un soberbio natural al toro Renacuajo, imponente animal de lidia, nacido para combatir en el albero, de 620 kilos de peso, color negro zahíno, tronco ensillado y cornamenta bizca.

Ajeno a lo que se debatía a su alrededor, Goya seguía con sus incomparables trazos. El moro, con la panza a rebosar, pidió cuatro carajillos de brandy peleón y empezó a liar un porro de marihuana pura, que fue pasando de boca en boca. A mí me tocaba chupar después de Encarnita y notaba el sabor pegajoso del carmín desmesurado y de perfume barato, aunque con cierto morbo subterráneo.

Lúculo pagó en dinares que el dueño, ducho en finanzas, aceptó sin rechistar. Cuando se deja propina, la esposa de Pascualillo hace sonar unos cencerros que presiden la barra. Aquella noche sonaron todos los cencerros una vez y otra y otra, hasta cien veces, que provocaron un ruido excepcional. El único que no se enteró fue Goya. Llegaron con tanta intensidad los roncos repiques de los cencerros y sus ecos hasta la Alfajería, que Yussuf Alhalim, lugarteniente de Jaffar Al- Muqtadir, creyó que eran las huestes cristianas de Alfonso I el Batallador que se disponían a reconquistar la ciudad. Mandó que cinco cornetas tocasen sin parar a zafarrancho de combate. Cuentan las crónicas guardadas escrupulosamente en el Archivo de la Corona de Aragón, (Colección III, tomo 72, páginas 54 y 55) que el desbarajuste llegó a tanta envergadura y provocó tanto alboroto entre los sarracenos y su concurrido harén que, al día siguiente, la empresa municipal de limpieza Petronila Limpia retiró más de media tonelada de basura: una mezcla de alfanjes, dagas, escudos, ratones, restos de ternasco, migas, zapatillas, alfombras, velos, condones, prendas de Women´s Secret , botellas de Coca-Cola y un piano sin teclado de Chopin. Aquella misma mañana, sin dilación, el lugarteniente fue sustituído por un árabe deshilachado, de mostacho rubio procedente de la guardia mora de Franco.

Salimos del Texas cantando Yelow submarine. De repente, Lúculo y el jeque árabe desaparecieron absorbidos por un rayo huidizo, por un relámpago de luz cegadora, dejando en la calle un olor penetrante, mezcla de azufre tibio y de nostalgia. Encarnita, azorada, me invitó a entrar en El Plata. En la penumbra pude distinguir, o quizá fue una visión fugaz o un espejismo vitivinícola, a Pablo Gargallo bebiendo un cubata y conversando con Camón Aznar. Cuando éste se levantaba para satisfacer las urgencias de su próstata, Gargallo se concentraba en las jamonas bailarinas de muslos poderosos y tetas en progresión geométrica que se implicaban en su cerebro creativo como el contraste inspirador de sus vacíos espacios escultóricos. Dos mesas más al fondo, Pablo Serrano apuraba una taza de café y una tapita de mejillones en escabeche. Sobre una servilleta de papel dibujaba la sólida caricatura de un negro bien armado simulando eyaculaciones sobre un extraño halcón de plumas variopintas que imitaba el agrio graznido de una urraca en pleno orgasmo.

Cuando las campanas tocaban a maitines salí del Plata. Encendí mi toscano de rigor y me dirigí hacia el río. Desde el Puente de Piedra, con el Pilar despertando, ví reflejadas sobre la vasta pantalla del Ebro, un sinfín de imágenes, figuraciones sinuosas, estampas veladas, figuras casi imperceptibles, sombras y reverberaciones transportadas por la placidez del agua hacia el libro inagotable de la historia. Ví el rostro clásico de Lúculo, la sonrisa invasora de Al-Muqtadir, los pícaros guiños de Encarnita Montoya, los dedos divinos de Goya. Ví cómo tres culturas se alzaban imponentes sobre las ruinas profundas de Salduba. Ví, entre dos luces, un retrato asombroso de Zaragoza, de la Seo, la Lonja, la Alfajeria, el Pilar, las murallas, el foro, el teatro, el tostado mudéjar de sus iglesias, sus modernas avenidas y sus legendarias callejuelas. Ví gente hospitalaria, amable, de trato cordial y cercano tapeando en recogidas plazuelas de leyenda. Me pareció ver al esclavo Ascipius besando con dulzura los temblorosos labios de una muchacha de rubias trenzas en un recodo del río…

Y ví, en un claro entre los altos chopos, un árbol de una belleza singular, único. Un sauce blanco de esbeltas ramas, ligeras y flexibles, suaves y acogedoras, casi íntimas, un prodigio de texturas y colores. Sentí que la ciudad entera, con sus misterios, su magia y su cultura me envolvía, mezclando amor primerizo y pasión duradera. Casi sin darme cuenta, noté que lloraba.

 

Agustín Ferrer Gasol

Primavera de 2012

 

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5 Respuestas a “Crónicas nocturnas XV: Mi zaragoza (Por Agustín Ferrer Gasol)”

  1. Alberto Alberto Dice:

    Sensacional.

  2. Maribel Dice:

    Flipante! Una fabula de diez y Agustín un crack!! Gracias por este brillante artículo!

  3. Isabel Isabel Dice:

    Que juego tan divertido el mezclar nuestros queridos personajes históricos de la ciudad con lugares y situaciones actuales por todos nosotros conocidos. Un viaje entrañable por el pasado y presente de la autentica Zaragoza. Muchas gracias Agustin por este regalo. :-)

  4. Luis Luis Dice:

    Gracias Agustí por este bonito regalo al Sauce… ha sido un placer compartir estos días con vosotros en el hotel… Esperamos sigáis disfrutando de vuestros viajes y esperamos poder volver a veros pronto.

  5. Maria DF Dice:

    Este es mi “papi”. No escribe poco bien el jodio ;) Aparte de ser una bellísima persona y un hombre de la cabeza a los pies.

    T’estimo Agustí, ja ho saps. De sempre y per sempre, et porto al cor, a tu i a tota la familia que es la meva.

    :)

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