Crónicas nocturnas XVIII: 2108 Odisea en Saucepolis
Acabo de aterrizar en el cosmopuerto de Zaragoza, la ciudad en la que nacà hace ciento treinta años. Son muchos los recuerdos que se arremolinan en mi cabeza, pero no es conveniente permanecer demasiado tiempo a la intemperie en estos tiempos en la Tierra, asà que abandono la terminal y tomo el primer aerotaxi de la fila. Inserto la dirección y el piloto automático establece la ruta mientras el aparato se eleva lentamente.
Vengo a Zaragoza para visitar la Exposición Interestelar Zaragoza 2108. La ciudad solicitó organizar el evento para conmemorar el centenario de la Exposición Internacional de 2008 y el bicentenario de la exposición Hipanofrancesa de 1908. Resulta curioso hablar hoy en dÃa de España o Francia. Las naciones quedaron abolidas tras el holocausto nuclear. De hecho es uno de los primeros eventos de este tipo que se celebran en la Tierra desde entonces. La radiación es aún alta y las precauciones para evitar la contaminación son incomodÃsimas. Sin embargo, el factor emocional , el clima ventoso de Zaragoza y el hecho de no haber sido apenas afectada por los bombardeos jugaron en su favor. Finalmente y contra todo pronóstico se concedió el evento.
La bruma cubre la ciudad y la pesada carga de iones le confiere un aspecto plomizo. Sólo los edificios más altos se adivinan mientras nos aproximamos a la urbe. Trato de recordar cuándo fue la última vez que estuve en Zaragoza. No he vuelto desde la migración masiva de mediados del siglo pasado. Tras el holocausto las autoridades decidieron incentivar las migraciones a las incipientes colonias en Marte y algunos satélites relativamente habitables. La terriificación era aún bastante precaria, pero los niveles de radiación en la Tierra eran demasiado peligrosos para permanecer. La radiación era el palo, y las nuevas terapias de renovación génica eran la zanahoria. Unos novedosos tratamientos permitÃan regenerar celularmente a un individuo llegando a triplicar su esperanza de vida. Pero solo se permitÃan en las colonias. Si no hubiera emigrado yo mismo habrÃa muerto hace ya mucho. Bien por la radiación, bien por el inexorable envejecimiento. Este pensamiento me inquietó sobremanera.
El holocausto cambió nuestras vidas, cambió de hecho la especie humana. Nadie sabe muy bien cómo empezó. Al principio se habló de un atentado terrorista, mas tarde de un accidente. La reacción de los gobiernos fue nefasta, nadie sabe quién disparó primero. Pero en pocos meses la silenciosa nube radiactiva cubrió la superficie del planeta haciendo la vida en él peligrosa y dañina.
Pienso en ello mientras nos acercamos a mi destino. El Hotel Sauce. Trabajé allà unos cuantos años antes de la guerra. Naturalmente en cuanto me enteré de que seguÃa funcionando lo elegà como refugio para mi estancia en la Tierra. Tengo mucha curiosidad por ver cómo está, y si aún conozco a alguien por allÃ. Quizá pueda incluso volver a hablar mi idioma. Todos los colonos tuvimos que aprender neolengua, el idioma oficial en todo el sistema solar. Los lenguajes tradicionales solo se hablan ya en la tierra, y están casi en desuso.
Una silueta inconfundible aparece entre la niebla. Las cuatro torres del Pilar entre las luces de neón anuncian que estamos llegando. El aerotaxi desciende lentamente sobre un impecable helipuerto instalado junto a la entrada. Lamentablemente está ocupado, pero la recepcionista sale a recriminar al vehÃculo mal aterrizado que no tarda en dejarnos el espacio libre. Hay cosas que nunca cambiarán.
La recepcionista me identifica con el scanner ocular. No utiliza uno manual, tiene uno integrado en su propio ojo. Se trata sin duda de un androide. Nadie lo habrÃa dicho, cada vez los hacen más realistas. Llegan noticias desde algunos satélites de Saturno que han llegado a escapar por propia voluntad. Naturalmente la empresa que los fabrica lo niega, pero los hacen cada vez más inteligentes y naturales. Charlando con la cordial recepcionista no puedo evitar pensar que un dÃa serán ellos quienes nos dominen. (más…)





