Vida en el hotel nº 11: Con Rosario no se juega.
Por Saucepolis pasan a diario personas de todo tipo. Todos ellos tienen sin duda una historia fascinante que contar. En ocasiones se dan las circunstancias y te la cuentan. La mayor parte de las veces apenas entablas alguna conversación trivial. Pero muy de vez en cuando te encuentras con un personaje que parece realmente salido de una novela. Nunca sabes cuánto hay de realidad en ellos y cuanto de impostura. Hace ya algunos años pasó por aquí uno de ellos, y no me resisto a escribir unas líneas sobre él. Su nombre era Rosario, del apellido prefiero no acordarme.
Rosario era un tipo italiano de mediana edad, escasa estatura e incipiente alopecia. Tenía anchas espaldas y abdomen más ancho todavía. Era un tipo rotundo, de estruendosa carcajada. Sin duda se hacía notar. Saludaba con fuertes apretones de manos y hacía gala de esa endémica galantería italiana piropeando a todo el personal femenino con el que se topaba a su paso. Recuerdo que en cuanto le vi no pude evitar imaginármelo metido en un traje de rayas, con zapatos bicolor y sombrero de ala ancha.
Si no recuerdo mal había venido para realizar unas reformas en algunos locales. Según me contó más tarde se dedicaba a instalar parqué. Le acompañaban tres jóvenes muchachos a los que abroncaba en público por sus malos modales para dejar claro quién era el jefe. Ellos le seguían el juego con una sonrisa, sin duda ya acostumbrados, en una especie de coreografía cómica mil veces interpretada. Parecían el capo y sus sicarios en una parodia de las películas de gangsters.
Una de sus últimas noches con nosotros decidió quedarse en la cafetería tomando una copa, y ante sus evidentes ganas de conversación me aventuré a sugerirle que su nombre me resultaba curioso, ya que en España es un nombre muy habitual de mujer. En ese instante se le cambió la cara.
-Todos me lo dicen- dijo con evidente disgusto.
-¡Rosario es nombre de Varón! Un rosario es un rosario, ¡Qué demonios tiene de femenino un rosario! Son ustedes los que están equivocados.
Era evidente que había metido la pata y traté de desviar la conversación. Pero en realidad no hacía mucha falta. Rosario estaba de buen humor, tenía ganas de hablar y casi había terminado su primera copa. Enlazó un tema tras otro, cada sorbo un poco más locuaz, y al llegar a su tercer Whisky se le soltó definitivamente la lengua. Empezó a hablarme de sus andanzas, y aquel simpático instalador de parqué se tornó siniestro y brutal. Nunca sabré cuanto de verdad había en aquella conversación, cuando de fanfarronería alimentada por el alcohol y cuanto de tomadura de pelo en venganza por el incidente del nombre. Pero aquella sonrisa siniestra y el brillo en sus ojos entreabiertos eran cuando menos inquietantes. Hablaba entre susurros y se rascaba la mejilla de vez en cuando. Sólo le faltaba un gato de angora al que acariciar. Y nunca olvidaré la frase que repetía sin cesar, “Con Rosario no se juega, ya lo saben todos, con Rosario no se juega”.



