Entradas para la etiqueta ‘Hotel Sauce’

noviembre 13th, 2011
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Por Saucepolis pasan a diario personas de todo tipo. Todos ellos tienen sin duda una historia fascinante que contar. En ocasiones se dan las circunstancias y te la cuentan. La mayor parte de las veces apenas entablas alguna conversación trivial. Pero muy de vez en cuando te encuentras con un personaje que parece realmente salido de una novela. Nunca sabes cuánto hay de realidad en ellos y cuanto de impostura. Hace ya algunos años pasó por aquí uno de ellos, y no me resisto a escribir unas líneas sobre él. Su nombre era Rosario, del apellido prefiero no acordarme.

Rosario era un tipo italiano de mediana edad, escasa estatura e incipiente alopecia. Tenía anchas espaldas y abdomen más ancho todavía. Era un tipo rotundo, de estruendosa carcajada. Sin duda se hacía notar. Saludaba con fuertes apretones de manos y hacía gala de esa endémica galantería italiana piropeando a todo el personal femenino con el que se topaba a su paso. Recuerdo que en cuanto le vi no pude evitar imaginármelo metido en un traje de rayas, con zapatos bicolor y sombrero de ala ancha.

Si no recuerdo mal había venido para realizar unas reformas en algunos locales. Según me contó más tarde se dedicaba a instalar parqué. Le acompañaban tres jóvenes muchachos a los que abroncaba en público por sus malos modales para dejar claro quién era el jefe. Ellos le seguían el juego con una sonrisa, sin duda ya acostumbrados, en una especie de coreografía cómica mil veces interpretada. Parecían el capo y sus sicarios en una parodia de las películas de gangsters.

Una de sus últimas noches con nosotros decidió quedarse en la cafetería tomando una copa, y ante sus evidentes ganas de conversación me aventuré a sugerirle que su nombre me resultaba curioso, ya que en España es un nombre muy habitual de mujer. En ese instante se le cambió la cara.

-Todos me lo dicen- dijo con evidente disgusto.

-¡Rosario es nombre de Varón! Un rosario es un rosario, ¡Qué demonios tiene de femenino un rosario! Son ustedes los que están equivocados.

Era evidente que había metido la pata y traté de desviar la conversación. Pero en realidad no hacía mucha falta. Rosario estaba de buen humor, tenía ganas de hablar y casi había terminado su primera copa. Enlazó un tema tras otro, cada sorbo un poco más locuaz, y al llegar a su tercer Whisky se le soltó definitivamente la lengua. Empezó a hablarme de sus andanzas, y aquel simpático instalador de parqué se tornó siniestro y brutal. Nunca sabré cuanto de verdad había en aquella conversación, cuando de fanfarronería alimentada por el alcohol y cuanto de tomadura de pelo en venganza por el incidente del nombre. Pero aquella sonrisa siniestra y el brillo en sus ojos entreabiertos eran cuando menos inquietantes. Hablaba entre susurros y se rascaba la mejilla de vez en cuando. Sólo le faltaba un gato de angora al que acariciar. Y nunca olvidaré la frase que repetía sin cesar, “Con Rosario no se juega, ya lo saben todos, con Rosario no se juega”.

octubre 31st, 2011
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Había una vez un pequeño duende que vivía escondido por los rincones de un hotel. Era un personajillo travieso y juguetón que adoraba las bromas y los malentendidos. Tenía por costumbre salir de su escondite para perpetrar sus maldades durante la noche. Le gustaba comerse los croissants del desayuno y llevarse a su guarida el último y codiciado pedazo de tortilla de patata. Escondía las llaves de las habitaciones para que los huespedes creyeran haberlas perdido. Ponía sal en los azucareros y azucar en los saleros, metía calcetines rojos en las coladas de ropa blanca y cambiaba de envase los prdouctos de limpieza para desesperación de las chicas de limpieza.

El personal y los huespedes del hotel pensaban que todas estas cosas eran producto de sus despistes, y maldecían su mala cabeza cada vez que el pequeño duende travieso cometía una de sus fechorías. El duende mientras tanto se moría de risa. Pero una noche cometió una imprudencia. Se dejó ver comiendose los bombones de una habitación y dejó sus diminutas e inconfundibles huellas de chocolate en la ropa limpia de la lavandería.

El rumor de que había un duende en el hotel se extendió como un reguero de pólvora. Empleados y huespedes comenzaron a atar cabos. Todos echaron las culpas de sus desgracias al duende, pero no solo las cometidas por él, sino los verdaderos fallos y despistes que todos sin excepción cometían a diario.

Cuando había un error en una factura o una reserva se traspapelaba, desde recepción, echaban la culpa al duende. Si en lavandería faltaba una toalla o aparecía un quemazo de plancha en un mantel, el duende era el responsable. Y si en los desayunos se quemaba una tostada o había una pepita en el zumo, todos, sin dudar, pensaban en el pequeño duende travieso. Hubo incluso clientes que afirmaban haber visto al duende moviendo las columnas del parking para que se rallaran los coches al aparcar.

Se creó tal clima en contra del duende que empleados y clientes organizaron redadas para darle caza. Varias veces logró escapar de milagro nuestro travieso amigo, asustado y arrepentido. Pero una mañana lo acorralaron en la cocina. Cargados de ira y frustración, odiando al duende por despistes propios y ajenos le obligarobn a saltar sobre los fogones. Una inmensa llamarada apartó al duende de sus vistas y un pequeño incendio se declaró en la cocina.

Tras sofocarlo, avergonzados por su crueldad y entre terribles sentimientos de culpa, fingieron que todo había sido un accidente. En un ataque de hipócrita cordura convinieron que el duende nunca existió. Que duendes y brujas son cosas de niños, y que como errar es humano, las travesuras del duende no eran sino despistes propios.

Pero lo cierto es que el duende existió… y existe, pues milagrosamente saltó hasta la campana extractora evitando el fogonazo, y, un poco chamuscado, regresó a su escondite muerto de miedo. Todavía hoy vive por aquí, y se ha enmendado bastante. Pero a pesar del escarmiento, muy de vez en cuando hace alguna de las suyas. Alguna vez muy de noche me ha parecido verlo husmeando por ahí. Así que si alguna vez en un hotel cree haber perdido las llaves y estas aparecen milagrosamente donde usted no recuerda haberlas dejado, tal vez pueda echarle la culpa al pequeño duende travieso. Pero si en una ocasión aparcando roza el coche contra la columna, no se engañe y regule su espejo retrovisor.

octubre 21st, 2011
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Hasta ahora, todos mis compañeros nos han ido mostrando la cara más visible del Sauce, el contacto directo con el cliente con sus historias particulares y sus anécdotas.

Sin embargo, mi experiencia en el Sauce se desarrolla en aquella parte que nuestros fieles no ven pero que es una pieza importante dentro del engranaje de este equipo.

Recuerdo cuando empecé, hace ya nueve años. La primera vez que entré en el hotel y vi a Maribel y la entrevista con el señor Fernández en el salón de la planta baja, que no estaba como ahora. Teníamos la oficina en la habitación 503. Allí estábamos Isabel y yo mano a mano con nuestros papeles. Por las mañanas subía el olor de la tortilla de Pili y Carmen y el señor Fernández entraban y salían de la oficina con sus cosas de mantenimiento, cuentas… En el año 2003 nos fuimos del hotel a nuestra ubicación actual en el Coso.

Mi trabajo en el departamento de Administración, me da la oportunidad de tener un contacto muy directo con todos los miembros del equipo. Desde los jefes, pasando por los chicos de recepción y las chicas de limpieza, y me encanta el que en cualquier momento puedan recurrir a mí para que les solucione algún problema o les resuelva alguna duda.

Sin embargo, al contrario que mis compañeros, mi relación con el cliente no es directa. Conozco nombres, apellidos, empresas etc. pero en muchas ocasiones no tengo la oportunidad de ponerles cara. Esa es la parte menos “amable” de mi trabajo. Sin embargo, cuando estoy en el hotel y algún cliente me reconoce, me hace una especial ilusión. Aún así, me encanta estar en la oficina rodeada de “mis” papeles.

Nunca olvidaré las horas que el señor Fernández pasaba a mi lado enseñándome todo lo que sabía sobre el negocio, su paciencia y su cariño. Y cuando venía y se sentaba frente a mí a contarme sus ideas y nuevos proyectos.

Durante estos años he vivido momentos mejores y peores, aprendiendo de todos. He tenido que formarme y adaptarme a todos los cambios que se requerían para ir avanzando en cada momento. Ahora estamos empezando una nueva etapa en el Sauce, la cual afronto con la misma ilusión y responsabilidad que hace nueve años.

Sin duda alguna, el Sauce es una parte muy importante de mi vida tanto profesional como personal.

octubre 14th, 2011
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Muchas historias ya se han contado de este lindo Hotel que para alguno de nosotros forma parte de su vida desde siempre, o casi, así que será bastante complicado para mi que soy el mas “joven” de la casa, aportar algo mas o contar algo que no se hay contado ya, o quizás no….

 Era una tarde de Abril, unas de esas tardes que desde hacía ya demasiado tiempo para mi forma de ser seguían siendo iguales a muchas otras: mira a ver el mail por si te han contestado de alguna oferta, vete a llevar currículum por si necesitan en algún sitio, el Inaem como tu segunda casa y en mi caso el agravante de no tener un DNI si no un NIE. Cuando sonó el móvil: “Soy Luis Fernandez, del Hotel Sauce, tengo tu currículum aquí en frente, me gustaría concretar una entrevista”. Recuerdo ese primer momento, en que Luis me abrió la puerta de la oficina, casi con comicidad: el, mas de 2 metros de ex jugador de baloncesto y yo, un metro con setenta, escaso… Me acompañó al Hotel y a los Apartamentos Sabinas, conocí al resto del equipo, estaba bastante nervioso, pero todo el mundo hizo que me sintiera muy cómodo, ayudandome a aprender el trabajo.

 Han pasado 6 meses desde aquel día, ya soy “el italiano que nunca deja de hablar”. Para mi esta es una experencia nueva, pero veo que encaja mucho con mi forma de ser: me gusta poder encontrar cada día personas nuevas, un Hotel es un sitio donde se aglomeran historias, que a veces se comparten, otras veces se ocultan, otra veces nacen y se desarrollan, otras veces se quedan escondidas, pero siempre están allí; me gusta la complicidad que a veces se crea con los clientes, al fin y al cabo tu eres el guardián de su casa temporal y su referencia en una ciudad que no conocen y tienen ganas de descubrir. Me fascina encontrarme cada día con personas de varios países del mundo, me hace acordar la maravillosa variedad de personas, pensamientos y formas de vivir que hay a parte de la que cada uno de nosotros conoce para su experiencia personal. Es interesante ver como con un sonrisa puedes entenderte tanto con un Español, como con un Alemán, un Japones o un Argelino. Todo esto hace que cada día sea distinto y que nos preguntemos con curiosidad ¿a ver qué pasa hoy en el Hotel Sauce?

septiembre 30th, 2011
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En cierto momento de mi vida, sobre todo mi adolescencia, estuve muy ligada a la vida de un hotel gracias a parte de mi familia. Crecí allí durante muchos de mis veranos ya que era cuando podía ir, en vacaciones, y me encantaba descubrir los entresijos de la puesta a punto de cada detalle: en recepción, en cocina, en el dpto. de limpieza,… Supongo que fue entonces cuando ese gusanillo por la hostelería nació en mí y transformó una curiosidad en mi profesión.

Trabajar en El Sauce me acerca a aquélla época que con tanto cariño recuerdo. Y cada día es diferente y emocionante, os lo aseguro.

Pocos son los días que me han tocado turno por las mañanas, pero a pesar del madrugón, sé que llegar al hotel es una alegría porque nada más entrar, te encuentras a Pili con una gran sonrisa, y el olor de un buen café y de la fabulosa tortilla que prepara, famosa en el mundo entero!

Los clientes entonces empiezan a levantarse, salen a trabajar o a visitar la ciudad. A algunos les decimos adiós, a otros un hasta pronto. Y mientras el hotel se vacía poco a poco, desde el departamento de pisos, todo un grupo de estupendas chicas se ponen manos a la obra para que cada detalle de cada rincón del hotel esté perfecto e inmaculado. Entre recepción y la oficina, todo se coordina, todo se distribuye y todo se prepara para los nuevos clientes que llegan en este nuevo día y en el futuro. Es un hervidero de actividad y de ideas por mejorar, con una espectacular pasión por parte de cada miembro del equipo.

Conforme transcurre el día, nuestros clientes van llegando. Nuevas caras, otras no tan nuevas… y algo de lo que más me gusta, poder aconsejarles y descubrirles una ciudad con mil posibilidades. Me encanta cuando vuelven contando maravillas que han visto o que ellos mismos han descubierto un rincón, un sitio nuevo para comer, o un lugar para visitar que merece la pena. Eso es lo mejor de todo, la satisfacción de verles disfrutar en el hotel y en la ciudad.

Llegada la noche, comienza la tranquilidad, silencio. Y tan sólo se oye el murmullo de una pequeña radio que acompaña a nuestros compañeros del turno de noche en recepción, quienes velan por el buen sueño de todos.

Dentro de pocas horas comienza un nuevo día, parecerá similar, pero nunca igual. El punto en común de cada día, para clientes y compañeros, el sentirse como en casa.

septiembre 30th, 2011
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La noche del aguacero

Cuéntame dónde estuviste

que no te mojaste el pelo.

Aquella noche llovió como si no fuera a existir un mañana. Fue una de esas tormentas que aparecen en las noticias y que dan trabajo al cuerpo de bomberos. La tromba de agua fue de tal magnitud que los huéspedes del ático bajaron aterrorizados por el estruendo del agua sobre el tejado. Fueron testigos de otra tormenta, la que tuvo lugar aquí mismo, frente a la recepción de Saucepolis. Esta tormenta, no tan literal pero aún más dramática, llevaba años fraguándose. La meteorológica surgió de la nada, de hecho había hecho una tarde esplendida. La casualidad quiso que ambas estallaran a la vez y que yo estuviera presente.

Aquella hermosa tarde llegó el señor Ramirez especialmente simpático. Me saludó afectuosamente, estrechó mi mano y se interesó por el personal del hotel. Pero no fue su simpatía lo que más llamó mi atención, sino la joven a la que sujetaba por la cintura y a la que no había visto en mi vida.

-Te presento a mi esposa. Le he hablado tan bien de vosotros que ha insistido en acompañarme en esta ocasión.

-Encantado de conocerla, su esposo es uno de nuestros clientes más fieles.

La palabra fieles resultaba especialmente poco adecuada si tenemos en cuenta que en todos los años que llevaba visitándonos, el señor Ramirez había venido acompañado por la que todos suponíamos su esposa, pero que no era la joven a la que abrazaba en estos momentos.

-Yo subiré a la habitación a descansar, el viaje me ha dado un terrible dolor de cabeza- dijo la joven.

-Intenta conseguirme unas aspirinas, Adolfo- le dijo al señor Ramirez.

-En seguida querida, buscaré una farmacia de guardia.

En cuanto la señorita subió al ascensor, Ramirez me preguntó si teníamos aspirinas.

-Naturalmente

-Pues dame un paquete, y otra habitación, pero no le digas nada a mi esposa.- me dijo con sorprendente naturalidad.

Se retiró a la segunda habitación cuando los primeros truenos sonaban en la calle. La tormenta se presentó de manera fulminante, y con ella el equipo de tenis que teníamos alojado en el hotel. La lluvia había cancelado el campeonato, y media docena de tenistas adolescentes inundaron la recepción con su entrenador a la cabeza. El entrenador era un fornido y atlético joven con amanerados ademanes.

-¡Chicas, Chicas!, no alborotéis, subid a las habitaciones, yo iré a buscar algo de cena.

Los huéspedes del ático bajaron asustados y se quedaron en la cafetería tomando un café, a esperar que pasara la tormenta. Entre unos y otros apenas pude saludar a la supuesta esposa de Ramirez, que subió directamente por la escalera al ver el movimiento que había en el hotel.

Y por un momento todo quedó en calma. Es curioso como en un hotel se pasa del caos más absoluto a la calma total en pocos segundos. Los huéspedes del ático tomaban su café mientras veían llover a través de las ventanas de la cafetería. El entrenador buscaba un sitio de comida rápida seguramente empapado. Las jugadoras de tenis esperaban la cena en sus habitaciones. La señora de Ramirez soportaba su dolor de cabeza sin aspirinas. Y el señor Ramirez y su largamente supuesta esposa yacían impunemente en su habitación. Pero en recepción todo era quietud. Poco habría de durar.

Cuando el ascensor comenzó a bajar desde el piso en el que se alojaba la señora de Ramirez empecé a temer que la situación podría llegar a ser tensa. La joven salió del ascensor con cara de preocupación y se dirigió a la recepción,

- Disculpe, hace más de media hora que mi esposo salió a buscar una farmacia, no contesta al teléfono y con este aguacero temo que pueda haberle pasado algo.

-No se preocupe, no es fácil buscar una farmacia bajo la lluvia, seguro que llega de un momento a otro- dije tratando de escurrir el bulto.

El teléfono sonó, y al ver en la centralita que era la habitación de Ramirez y su amante me dio un vuelco el corazón. Traté de ignorarlo, como si no estuviera sonando.

-Por el amor de dios, conteste al teléfono, me va a estallar la cabeza.

-¿Qué teléfono?- contesté como un imbécil.

-¡El maldito teléfono!, ha sonado ya más de quince veces.

Contesté, el Señor Ramirez me informó de que estaban bajando y me pidió que consiguiera un taxi para la señorita.

-Cómo no- contesté sin encontrar la manera de avisarle.

Cuando la señora Ramirez vio a su esposo salir del ascensor con su amante los miró a uno y a otro con incredulidad. El Señor Ramirez fingió no conocer a su amante y sacando las aspirinas de un bolsillo le dijo:

-Querida, me ha costado un mundo encontrar una farmacia.

La expresión de su amante me dio a entender que no estaba en absoluto al corriente. Ambas mujeres miraron fijamente al señor Ramirez, que sostenía estúpidamente las aspirinas. El ambiente podía cortarse con un cuchillo, pero como toda situación es susceptible de empeorar, el entrenador de tenis llegó empapado con unas bolsas de comida china.

-¡Adolfo!, qué alegría verte por aquí. Cómo es posible que no me hayas dicho que estabas en la ciudad. Y por cierto, no puedo creer que no me llamaras después de lo de Albacete, fue muy poco caballeroso por tu parte. De todos modos te perdonaré, espérame a que suba la comida a las niñas y vengo a por ti, guapetón.

Adolfo me miró, se encogió de hombros y la verdadera tormenta estalló. Correré un tupido velo sobre los insultos, gritos y lágrimas que tuvieron lugar a continuación. Resumiré diciendo que ambas mujeres se marcharon, para mi sorpresa, compartiendo lágrimas y taxi, y que el señor Ramirez pasó aquella noche con el entrenador de tenis. Los huéspedes del ático fueron testigos de la escena desde la cafetería, como quien ve una telenovela. Cuando todo se hubo calmado, incluido el aguacero se acercaron a recepción a por su llave.

-No se lo va a creer, pero el señor que estaba aquí hace un rato, el que discutió con las dos señoritas es idéntico al párroco que casó a nuestra sobrina el año pasado. No puede ser él, pero no había visto un parecido tan grande en mi vida.

-Yo ya me creo cualquier cosa, señora.

septiembre 23rd, 2011
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El sauce del Sauce. Pintado por Alberto Labad.

Erase una vez un sauce…

Y quizás os preguntéis o tengáis curiosidad por saber amigos saucepolitas, por qué un sauce da nombre a nuestro hotel. Yo os cuento. Todo se remonta a los veranos, que en su infancia, mi madre disfrutaba en el caserío que tenían mis abuelos en Zegama (pequeño pueblo de Guipúzcoa, muy cerca de San Sebastián). Mi madre recuerda con cariño aquel hermoso sauce llorón de largas hojas perennes verdes y amarillas y largas ramas caidas, que ocupaba un lugar importante en el jardín de ese caserío. Mi madre me contaba que ese era su árbol favorito. Ya veis, asi cobra su sentido el nombre del hotel.

Recuerdo que otro nombre que se barajó en su dia fue el de Hotel Altamira, el nombre del caserío, pero hubo que descartarlo porque ya estaba registrado para otro hotel en el Pais Vasco. Otros nombres en los que se pensó fueron, Hotel El Camino u Hotel Costa en honor a Joaquin Costa. Pero Sauce fue una acertada decisión final.

Algo muy gracioso, que no fue nada premeditado, es que Sauce, como muchos sabréis, tanto en ingles como en francés, se traduce como “salsa”. Así que muchos te comentan con humor y con una sonrisa en la boca, que el nombre del hotel es muy divertido. Y tienes que aclararles que el significado es un árbol “ willow tree” “ saupleureur”, vaya, que no es la salsa para aderezar las ensaladas o los guisos!!. La verdad es que se parten y les parece muy curioso. Así que sin quererlo, nuestro nombre nos distingue, nos hace peculiares y llama la atención entre nuestros muchos huéspedes extranjeros.

También os contaré que cuando abrimos el hotel, todos los cuadros de las habitaciones, eran de nuestro amigo el pintor Alberto Labad. Muy reconocido y cotizado especialmente en Estados Unidos. Su pintura es muy colorista y dibuja paisajes y personajes de figuras muy geométricas. Pues bien, por el gran aprecio que nos tiene a la familia, dedicó a mi madre un gran cuadro que decora la pared del salón del hotel: una niña asomada a una ventana que contempla un pequeñito sauce. Mi madre tiene un gran cariño a este cuadro, y es curioso, es la única representación de un sauce que hay en el hotel. Como anécdota, Alberto, el pintor, nos trajo este cuadro en persona, desde Altea ( donde tiene su estudio) hasta Zaragoza en un taxi.

Luego vinieron Sabinas, queríamos continuar con otro árbol más, ya que nos gusta la naturaleza, pero esta vez en honor a nuestra abuela Sabina.

Sauce y Sabinas, eran pequeños árboles recién plantados hace años, pero que ahora se han convertido en árboles robustos llenos de inolvidables recuerdos, innumerables experiencias vividas, de infinidad de clientes que han parado a descansar bajo su sombra, pero eso si, siempre alimentados con savia nueva y joven, en continua renovación, que los hacen mantenerse fuertes, erguidos y siempre queridos por sus clientes y amigos.

 

septiembre 16th, 2011
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Una de las pocas fotos de esos primeros años

Recuerdo la primera vez que entre al hotel. Subí con mi padre por las escaleras de un edificio en construcción. Los peldaños eran de un solo ladrillo y no había mas que cemento. Puede que tuviera 7 años.

Ese verano mis padres abrirían el Hotel y yo aún no era consciente de como nos iba a cambiar la vida. Nos trasladamos todos al Sauce. Yo tenia mi propia habitación con cerradura y baño propio. Tenia hasta antena de TV, aunque me faltaba la tele. Era el dueño de la 504.

Aquellos primeros meses en los que mis padres atendían la recepcion, limpiaban habitaciones o iban a buscar clientes a la Plaza del Pilar yo tenía mi propio bar. Podía desayunar croissants o tomar zumo de melocotón o piña del desayuno continental. Mas tarde descubrí el “San Francisco” y acabe con una botella de granadina en menos de un año. Ningún cliente pedía pero creo me salían bastante bien.

Recuerdo jugar a béisbol en la 601 con Isabel y subir a la terraza para ver el Pilar desde la azotea.

En aquella época apenas había hoteles cerca del Pilar pero es que Don Jaime estaba casi sin asfaltar. Por entonces el hotel tenia “botones” y los “gorrillas” que controlaba el parking exterior del Pilar intentaban traer clientes al hotel a cambio de una gratificación. El Faraón que fue peón de otros toreros o después Aquilino que llego a publicar un libro de poesía controlaron aquel aparcamiento durante años. También estaba Juan, un experto del parking y la propina. No había nadie que se le resistiera, era del Madrid cuando venia un madrileño y del Barca cuando estaba con un catalán, sabia de motos, coches y hablaba con todos.

Entonces no había mas que dos canales de Tv, no existía el Canal+ y por las tardes poníamos una película del videoclub para los clientes. Recuerdo lo anunciábamos en la recepción y yo iba muchas veces a elegir las películas. Los clientes pedían sobre todo películas de aventura o eso es lo que yo pensaba entonces.

No había ordenadores, ni internet, ni blog, ni facebook, eso es ya otra historia.

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