El sueño de una noche de verano (Crónicas nocturnas 4)
Fue una de esas cortas noches de verano. Una leve brisa aliviaba las ardientes aceras de esta ciudad tras una infernal jornada de calor sofocante. El cielo estaba claro, transparente, y sin luna. Las estrellas amenazaban con caerse del cielo con un fulgor tan maravilloso que sobrecogía. En Saucépolis reinaba una quietud extraña en estas bulliciosas noches de verano. No había paseantes degustando helados, ni enamorados besandose furtivos tras la esquina. No había huespedes trasnochadores esta extraña noche de verano.
La noche se prometía tranquila, pero la falsa promesa no tardaría en desvelarse. Desvelado andaba yo, según mi costumbre y obligación, pero lo que a continuación vería no fue fruto de la vigilia ni del desvelo. Tampoco un delirio, doy fe. tal vez un sueño lúcido propio de quien mucho piensa y poco cuenta, y a fuerza de pensar pierde la razón y el juicio.
Admirado estaba yo en las puertas de Saucépolis por la belleza de esta noche y su silencio, cuando precisamente un ruido me hizo entrar. Había movimiento en el bar, pero nadie estaba tras la barra. las puertas de la cámara se abrían con desigual ritmo, pero ninguna mano tocaba las puertas. Sorprendido por el enigmático trajín me decidí a acercarme, para descubrir incrédulo que mi primera impresión había sido certera.
La cafetera, ya caliente, dispensaba un cremoso café sólo. El exprimidor daba buena cuenta de las naranjas alineadas a su lado. La tostadora preparaba unas crujientes rebanadas. La repostería abandonaba su reposo en las profundidares de las refrigeradoras para, levitando, situarse en la mejor mesa de la cafetería. Un suculento desayuno estaba siendo preparado, pero nadie parecía estar haciendolo. Y yo, absorto, no podía sino mirar con la sonrisa complacida de quien ve realizar un trabajo bien hecho.
Es paradójico cómo en medio de semejante prodigio, obra de duendes o brujas, lo que mas me sorprendió fué que a ese desayuno le faltaba la tortilla de patatas. Pero es que incluso los duendes y las brujas saben que hay cosas que ni la magia puede superar, y la tortilla de Pili es una de ellas.
Una figura entró en la cafetría con aire altivo, no sabría decir si era real o eterea, pero sin duda era educada. Saludó con una leve reverencia y sentóse a la mesa para desayunarse con el tremendo festín. Yo respondí al saludo, y por primera vez me dí cuenta de lo extraordinario de la situación. El teléfono me sacó de mi asombro, y con instintiva premura acudí a contestar. Nadie había tras el hilo telefónico, pero al mirar de nuevo a la cafetería, ni resto de la escena que acababa de presenciar quedaba allí. Nuestro extraño huesped se había esfumado, y con el todo su desayuno. La cocina estaba limpia y ordenada, y sólo un ligero aroma a café y a pan tostado recordaban lo que allí acababa de suceder.
Nunca sabré el origen de estos sucesos, tal vez un día nuestro extraño amigo regrese para saciar su apetito, pero se que no dormía, se que no fue el sueño de una noche de verano, tal vez fué el desvarío de quien mucho piensa y poco cuenta, y a fuerza de mucho pensar y poco contar viene a perder la razón y el juicio.
Existe un momento mágico en el que la noche aún no es día, y el día todavía es noche. En ese confuso momento el cielo se tiñe de azúl eléctrico. A esa hora las nieblas son mas densas, las heladas mas severas y el viento sopla mas fuerte. A esa hora Saucepolis huele a café y a tortilla de patatas.
Alberto
Aldonza
Laura de la Rua Rodriguez
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