San ValentÃn en Zaragoza
Mucho se ha hablado y escrito ya de San ValentÃn. Tras releer el post del año pasado, no me veo capaz de añadir algo nuevo u original. Solo me permitiré darle un pequeño consejo. Sea original, olvidese de regalos tristes y manidos. Regalese usted mismo, Pase una bonita velada con su pareja y guarde ese perfume, ese peluche o esas flores para un dÃa cualquiera. Y déjeme que le cuente una anécdota personal que quizá venga al caso.
El Perrito de San ValentÃn
Todo comenzó en un Vips. Una de esas tiendas, con restaurante y kiosco que venden absolutamente de todo y no cierran casi nunca. HabÃamos ido a cenar, y un pequeño peluche, un perrito con cara triste nos miró desde la estanterÃa. Por supuesto llamó su atención al momento y comentó lo mono que era. En ese instante lo imaginé en la bandeja trasera de su nuevo coche de quinta mano. Resultaba de lo mas apropiado para un Renault 11 de los años ochenta que se caÃa a pedazos.
Por supuesto debÃa ser una sorpresa, asà que dejé pasar unos dÃas y decidà comprarlo. Yo pasaba por allÃ, no fui de propio a la tienda. Y desde luego no recordaba la fecha del calendario. Al entrar a la tienda me vi rodeado de objetos absurdos. Corazones de peluche, tarjetas de dudoso gusto, montones de bombones y las ediciones mas cursis de las mejores canciones de amor. Se acerca San ValentÃn, pensé. Pero al ver la clientela del local recapacité y me dije, un momento, no se acerca, hoy es San ValentÃn.
Un buen puñado de olvidadizos se afanaban en comprar su regalo de última hora. No hay nada peor que un regalo forzado. Si uno olvida una fecha es infinitamente mejor reconocerlo, disculparse y tratar de compensarlo que improvisar un detalle infame e impersonal que resulta casi una ofensa.
Allà estaba yo, con aquel pedazo de tela que infundÃa una ternura impropia para un animal de trapo rodeado de gente que trataba de subsanar su error. Las miradas cómplices del tipo del corazón rojo de trapo que tenÃa delante y el del disco hortera que tenÃa detrás me ofendieron. Estuve tentado de dejar el peluche y largarme de allÃ. Pero no pude hacerlo, me miraba con esa carita triste y tuve que aguantar el tirón y el gesto de reproche que la dependienta propinaba a cada cliente.
Aquella noche no hubo cruce de regalos. Nunca lo hay en esta fecha por convenio. Nuestra tradición dicta que en San ValentÃn no hacemos regalos. Nos regalamos una cena juntos en algún lugar bonito. Por supuesto el perrito tuvo que esperar para conocer a su dueña. Y nunca pisó el Renault 11. Desde entonces lleva una vida que envidio. Apenas sale de nuestra cama y ocupa mi lugar las noches que paso en Saucepolis.
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