Crónicas nocturnas XI: Miedo Irracional
En ocasiones paso miedo. Llevo ya un buen montón de tiempo pasando mis noches en Saucepolis, y he de decir que todavía hay veces en las que un escalofrío recorre mi espalda, la inquietud se apodera de mi y pierdo la presencia de espíritu. No existen razones objetivas para ello. De hecho, en todos estos años, no soy capaz de recordar mas de un par de sucesos que no tengan una explicación mas o menos razonable. Casi siempre mis miedos son fruto de la sugestión. Mis temores nacen de la imaginación, y cualquier detalle es capaz de dejarme aterrado toda la noche. La consciencia de lo irracional del temor no es consuelo. Lejos de ello lo que produce es cierta sesación de reparo a la hora de compartir estas sensaciones.
No hace falta nada excepcional para truncar la tranquilidad de la noche. Una corriente de aire frío que eriza el pelo de mi nuca es suficiente cuendo no hay resquicio por el que el gélido frio exterior pudo haber alcanzado la recepción. A veces creo ver sombras que no responden a un cuerpo físico, e intuyo pasos en la calle que no vienen acompañados de imagen alguna en la cámara de seguridad. Hay noches en las que suena el teléfono y nadie contesta… pero tampoco cuelga. He llegado a escuchar una leve respiración al otro lado antes de colgar, temloroso, el auricular. Esas noches vivo con el temor a que el timbre del teléfono me saque de la tranquilidad.
Una noche concreta tuve que subir a la lavandería, y mientras estaba dentro escuché una puerta abrirse y cerrarse. Pensé que alguien había salido de su habitación, y que en breve la luz del pasillo se encendería mostrando el trasnochador insomne. Pero no se encendió luz alguna. Pasaron los segundos, y para mi desesperación nadie hacía notar su presencia. Yo estaba seguro de haber escuchado el chirrido de los goznes al abrirse la puerta, y el portazo posterior al cerrarse. ¿Por qué razón iba alguien a abrir y cerrar una puerta sino para salir por ella?. Pero nadie encendía la luz, y tras un par de minutos eternos parapetado tras la ropa sucia no tuve mas remedio que salir al pasillo temeroso. Recorrí todo el piso con disgusto, y no hallé al misterioso huesped. Nunca sabré quien abrió y cerró aquella puerta, pero puedo jurar que la oí abrirse y cerrarse. tardé semanas en subir a la lavandería sin cierta aprensión. Y aún hoy siento inquietud cuando tengo que entrar a por manteles o una almohada extra.
No hace mucho llegó una familia a primera hora de la noche. Mientras los padres consultaban unos folletos el niño, de no mas de ocho años se acercó a la rececpción y preguntó:
-¿Pasas aquí solo toda la noche?
-Claro, alguien tiene que hacerlo.
-Y no pasas miedo.
-No, ¿Por qué iba a pasarlo?, mentí.
El niño no contestó, solo esbozó una sonrisa que me dejó helado. Su padre lo llamó al ascensor y justo antes de subir, giró su cabecita y me miró con su horrible sonrisa. Creo que no podré olvidarla. Durante un tiempo, cada vez que giraba una esquina en un pasillo, o entrada en una estancia a oscuras temía encontar al niño ahí plantado, con su terrorífica e ingenua sonrisa.
Y así paso las noches. Temiendo por tonterías e imaginaciones. Pero justo mientras escribo estas lineas, una corriente de aire helado me eriza los pelos de la nuca. No hay ventanas abiertas, nadie ha salido por la puerta, no hay razón para la corrinete, pero yo ya no pasaré una noche tranquila.


