Entradas para la etiqueta ‘Saucepolis’

febrero 6th, 2012
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En ocasiones paso miedo. Llevo ya un buen montón de tiempo pasando mis noches en Saucepolis, y he de decir que todavía hay veces en las que un escalofrío recorre mi espalda, la inquietud se apodera de mi y pierdo la presencia de espíritu. No existen razones objetivas para ello. De hecho, en todos estos años, no soy capaz de recordar mas de un par de sucesos que no tengan una explicación mas o menos razonable. Casi siempre mis miedos son fruto de la sugestión. Mis temores nacen de la imaginación, y cualquier detalle es capaz de dejarme aterrado toda la noche. La consciencia de lo irracional del temor no es consuelo. Lejos de ello lo que produce es cierta sesación de reparo a la hora de compartir estas sensaciones.

No hace falta nada excepcional para truncar la tranquilidad de la noche. Una corriente de aire frío que eriza el pelo de mi nuca es suficiente cuendo no hay resquicio por el que el gélido frio exterior pudo haber alcanzado la recepción. A veces creo ver sombras que no responden a un cuerpo físico, e intuyo pasos en la calle que no vienen acompañados de imagen alguna en la cámara de seguridad. Hay noches en las que suena el teléfono y nadie contesta… pero tampoco cuelga.  He llegado a escuchar una leve respiración al otro lado antes de  colgar, temloroso, el auricular. Esas noches vivo con el temor a que el timbre del teléfono me saque de la tranquilidad.

Una noche concreta tuve que subir a la lavandería, y mientras estaba dentro escuché una puerta abrirse y cerrarse. Pensé que alguien había salido de su habitación, y que en breve la luz del pasillo se encendería mostrando el trasnochador insomne. Pero no se encendió luz alguna. Pasaron los segundos, y para mi desesperación nadie hacía notar su presencia. Yo estaba seguro de haber escuchado el chirrido de los goznes al abrirse la puerta, y el portazo posterior al cerrarse. ¿Por qué razón iba alguien a abrir y cerrar una puerta sino para salir por ella?. Pero nadie encendía la luz, y tras un par de minutos eternos parapetado tras la ropa sucia no tuve mas remedio que salir al pasillo temeroso. Recorrí todo el piso con disgusto, y no hallé al misterioso huesped. Nunca sabré quien abrió y cerró aquella puerta, pero puedo jurar que la oí abrirse y cerrarse. tardé semanas en subir a la lavandería sin cierta aprensión. Y aún hoy siento inquietud cuando tengo que entrar a por manteles o una almohada extra.

No hace mucho llegó una familia a primera hora de la noche. Mientras los padres consultaban unos folletos el niño, de no mas de ocho años se acercó a la rececpción y preguntó:

-¿Pasas aquí solo toda la noche?

-Claro, alguien tiene que hacerlo.

-Y no pasas miedo.

-No, ¿Por qué iba a pasarlo?, mentí.

El niño no contestó, solo esbozó una sonrisa que me dejó helado. Su padre lo llamó al ascensor y justo antes de subir, giró su cabecita y me miró con su horrible sonrisa. Creo que no podré olvidarla. Durante un tiempo, cada vez que giraba una esquina en un pasillo, o entrada en una estancia a oscuras temía encontar al niño ahí plantado, con su terrorífica e ingenua sonrisa.

Y así paso las noches. Temiendo por tonterías e imaginaciones. Pero justo mientras escribo estas lineas, una corriente de aire helado me eriza los pelos de la nuca. No hay ventanas abiertas, nadie ha salido por la puerta, no hay razón para la corrinete, pero yo ya no pasaré una noche tranquila.

febrero 2nd, 2012
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Amèlie y Gloria

Hoy tenemos con nosotros un invitado internacional. Está estudiando en Zaragoza y realiza sus prácticas con nosotros. Desde su imparcialidad y falta de prejuicios nos brinda una ocasión singular para pulsar su opinión sobre la ciudad y sobre Saucepolis. Comparte nombre y nacionalidad con uno de los personajes más fascinantes de la historia del cine. No es Amélie Poulain, tenemos el placer de presentaros a Amélie Auriol.

¿Cómo llega una estudiante francesa de 18 años a Zaragoza y al Hotel Sauce?

Fueron mis profesores quienes me propusieron hacer unas practicas de un mes en Zaragoza y yo dije que sí. Yo estudio atención al cliente y el Hotel Sauce es muy interesante para aprender el oficio.

¿Cuál fue tu primera impresión cuando entraste en Saucepolis?

Cuando entré en Saucepolis por primera vez pensé que era una buena idea para comunicar las informaciones con los clientes, para hablar de la ciudad y de los festivos. La disposición de la página web está bien hecha también.

Tras unas semanas con nosotros, ¿Qué destacarías del hotel que no puedas encontrar en cualquier otro?

Los empleados acompañan los clientes a los apartamentos, los servicios son personales. Son muy amables, sonrientes y tienen muy buena atención al cliente.

Vivir y estudiar en otro país es sin duda una experiencia apasionante pero dura, ¿Qué echas de menos de tu país en Zaragoza?

De mi país echo de menos mi familia y mis amigos. Pero esta es una experiencia que se vive solamente una vez en la vida, es excepcional y yo aprovecho al máximo esta oportunidad. Creo que yo estoy aquí esta para aprender otro idioma y además es una experiencia de trabajo.

¿Cuál es tu sitio favorito de Zaragoza?

Mi sitio favorito de Zaragoza es La Basílica del Pilar. Es muy impresionante, es un edificio muy grande y bello de la época antigua.

¿Qué crees que le falta a la ciudad?

Yo pienso que a la ciudad le falta un metro.

Nos comentas que te apasiona la historia, ¿Qué momento de la historia de Zaragoza te gustaría vivir?

Me gustaría vivir en el Palacio de la Aljafería porque es muy bonito y porque me gusta mucho los monumentos de la historia pasada. O si pudiese me gustaría vivir en la Basílica del Pilar porque cuanto entro me siento en paz.

La historia de Zaragoza está marcada por los sitios y la guerra de la independencia contra… las tropas francesas, ¿Cómo ve este acontecimiento alguien venido precisamente de Francia?

En Francia no se habla demasiado de este conflicto, es una historia cerrada. En Francia la guerra que ha marcado la historia son las dos guerras contra Alemania.

¿Te parece Zaragoza un lugar atractivo para venir de vacaciones?, ¿Lo recomendarías a tus amigos franceses?

Si que me parece que Zaragoza es un lugar atractivo para venir de vacaciones, porque es una ciudad para todo de la familia y tienen muchos monumentos históricos que son muy interesantes.

También se la recomendaría a mis amigos franceses, porque esta es una ciudad para los jóvenes, es dinámica y es fácil moverse en la ciudad.

Llamándote Amélie y viniendo de Francia seguro que te han bromeado con el personaje de la película, fue muy popular aquí. ¿Qué compartes con el personaje del film de Jean-Pierre Jeaunet?

Mis puntos comunes con el personaje de la película es mi imaginación, que es muy grande, me encanta hacer feliz a mi familia y a mis amigos, y que soy tan tímida como ella.

diciembre 9th, 2011
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Ella llevaba ya unos cuantos días con nosotros. Asistía a un curso organizado por su empresa junto a un numeroso grupo de compañeros. Rondaba los treinta años y vestía con naturalidad un atuendo demasiado formal comparado con el de sus colegas. Iba y venía con su grupo, pero normalmente era la primera en retirarse si la velada se alargaba tras la cena.

El era un comercial que sustituía a un compañero en una ruta que no era la suya. Aterrizó en Saucepolis por recomendación de su compañero y pareció encantado con todo desde el primer momento. Era quizá demasiado joven para el producto que vendía, su traje estaba demasiado bien cortado y su corbata era, definitivamente, demasiado osada. Tenía la simpatía y el magnetismo de los buenos vendedores, aquellos a los que no les importa el producto que venden ni a quién hay que vendérselo, simplemente te convencen de que llueve aunque luzca un sol radiante.

Ambos habían coincidido en el desayuno bastante temprano. Ella fue la primera de su grupo en bajar a desayunar. También fue la única que no había tomado alguna copa de mas la noche anterior. El salía temprano a hacer una ruta que no conocía bien. Eran los únicos comensales del buffet. El bromeó acerca del tamaño del enorme pedazo de tortilla que ella acababa de servirse. Ella re ruborizó, pero contraatacó señalando los dos croissants generosamente rellenos en el plato de él.

No compartieron mesas, solo un par de miradas más. El se marchó a su ruta, ella esperó al resto de su grupo. Un frío saludo fue su despedida.

La noche siguiente el ascensor se puso en funcionamiento a unas horas poco habituales. Un huésped insomne, quizá sediento, pensé. Una avería inoportuna, temí. Quizá un dolor de cabeza repentino que precise de un par de aspirinas, aventuré. El ascensor llegó hasta el piso cuarto y comenzó a descender. No llegó a la recepción, se detuvo en el segundo. Un par de horas más tarde el ascensor subió de nuevo al segundo, se detuvo unos instantes y ascendió finalmente al cuarto, siempre sin pasar por recepción. Segundo y cuarto piso. El y ella. A veces en Saucepolis pasan muy pocas cosas durante demasiado tiempo. Y la imaginación se dispara.

A la mañana siguiente ambos madrugaron de nuevo, esta vez sin motivo aparente. El me confirmó que la ruta había sido un éxito, podía volver a casa temprano, pero quería hacer un poco de turismo antes. El grupo de ella no bajaría hasta casi dos horas más tarde. Ella se sirvió su tortilla, él sus croissants. No hubo bromas esta vez, sólo dos sonrisas cómplices. Una vez mas no compartieron mesa, ellos sabrán por qué. Su despedida fue menos fría esta vez. Hasta la próxima, dijo él. Buen viaje, contestó ella.

Ignoro si volvieron a verse. Ambos han regresado a Saucepolis. Él durante las vacaciones de su compañero. Ella en otros cursos de su empresa. Creo recordar que no han coincidido más aquí.

Muchas historias de amor han surgido y se han roto en Saucepolis. De algunas he sido testigo. De la mayoría no. Nunca sabré si esta fue una de ellas. Solo el ascensor sabe lo que sucedió aquella noche. Solo el ascensor fue testigo de lo que ocurrió entre aquellos dos extraños en la noche.

noviembre 25th, 2011
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Fuera llueve.

Es una noche tranquila sobre todo para ser sábado, o domingo para los más puristas.

Acaba de entrar un huésped y ya está subiendo en el ascensor así que aprovecho para mirar el reloj. Las tres de la mañana, lo que indica que ya ha pasado la mitad de la jornada, un momento ideal para tomar un café que me ayude a pasar la otra mitad.

Me siento detrás del mostrador con la taza y la radio me sorprende con una pieza de Ligeti.

Las disonancias que emiten los altavoces son el complemento ideal a un hotel silencioso, mezclándose con los sonidos propios del edificio. Cuantas películas de terror se habrán hecho con hoteles por la noche. Yo por si acaso repaso todo lo que he aprendido de Hollywood por si me toca escapar, y un par de cosas de anatomía por si no puedo hacerlo.

Bueno, dejo ya la tontería que hay mucho que hacer: repaso los mensajes de los compañeros, repaso los papeles, mando unos correos y apuro el café. Tengo que bajar al almacén para subir unas cajas, hacer una pequeña ronda para repasar que todo esté en orden y luego preparé la cafetería para el desayuno. ¡Ah! Y que no se me olvide revisar que las reservas están bien. Parece que no pero es un puesto de responsabilidad.

Habrá que ponerse en marcha otra vez, pero primero dejemos que acabe la música.

Vuelvo a mirar el reloj. Las tres y cinco. Apuro el café, vaya, ya lo había terminado, que lástima. A ver si pasa rápido, llega por fin Pili y hablamos un rato, que después de ocho horas solo me hará falta.

Hay poco movimiento esta noche. Poca gente entra, poca gente sale y sobre todo poca gente por la calle.

Definitivamente es una noche muy tranquila.

Será porque fuera llueve.

octubre 31st, 2011
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Había una vez un pequeño duende que vivía escondido por los rincones de un hotel. Era un personajillo travieso y juguetón que adoraba las bromas y los malentendidos. Tenía por costumbre salir de su escondite para perpetrar sus maldades durante la noche. Le gustaba comerse los croissants del desayuno y llevarse a su guarida el último y codiciado pedazo de tortilla de patata. Escondía las llaves de las habitaciones para que los huespedes creyeran haberlas perdido. Ponía sal en los azucareros y azucar en los saleros, metía calcetines rojos en las coladas de ropa blanca y cambiaba de envase los prdouctos de limpieza para desesperación de las chicas de limpieza.

El personal y los huespedes del hotel pensaban que todas estas cosas eran producto de sus despistes, y maldecían su mala cabeza cada vez que el pequeño duende travieso cometía una de sus fechorías. El duende mientras tanto se moría de risa. Pero una noche cometió una imprudencia. Se dejó ver comiendose los bombones de una habitación y dejó sus diminutas e inconfundibles huellas de chocolate en la ropa limpia de la lavandería.

El rumor de que había un duende en el hotel se extendió como un reguero de pólvora. Empleados y huespedes comenzaron a atar cabos. Todos echaron las culpas de sus desgracias al duende, pero no solo las cometidas por él, sino los verdaderos fallos y despistes que todos sin excepción cometían a diario.

Cuando había un error en una factura o una reserva se traspapelaba, desde recepción, echaban la culpa al duende. Si en lavandería faltaba una toalla o aparecía un quemazo de plancha en un mantel, el duende era el responsable. Y si en los desayunos se quemaba una tostada o había una pepita en el zumo, todos, sin dudar, pensaban en el pequeño duende travieso. Hubo incluso clientes que afirmaban haber visto al duende moviendo las columnas del parking para que se rallaran los coches al aparcar.

Se creó tal clima en contra del duende que empleados y clientes organizaron redadas para darle caza. Varias veces logró escapar de milagro nuestro travieso amigo, asustado y arrepentido. Pero una mañana lo acorralaron en la cocina. Cargados de ira y frustración, odiando al duende por despistes propios y ajenos le obligarobn a saltar sobre los fogones. Una inmensa llamarada apartó al duende de sus vistas y un pequeño incendio se declaró en la cocina.

Tras sofocarlo, avergonzados por su crueldad y entre terribles sentimientos de culpa, fingieron que todo había sido un accidente. En un ataque de hipócrita cordura convinieron que el duende nunca existió. Que duendes y brujas son cosas de niños, y que como errar es humano, las travesuras del duende no eran sino despistes propios.

Pero lo cierto es que el duende existió… y existe, pues milagrosamente saltó hasta la campana extractora evitando el fogonazo, y, un poco chamuscado, regresó a su escondite muerto de miedo. Todavía hoy vive por aquí, y se ha enmendado bastante. Pero a pesar del escarmiento, muy de vez en cuando hace alguna de las suyas. Alguna vez muy de noche me ha parecido verlo husmeando por ahí. Así que si alguna vez en un hotel cree haber perdido las llaves y estas aparecen milagrosamente donde usted no recuerda haberlas dejado, tal vez pueda echarle la culpa al pequeño duende travieso. Pero si en una ocasión aparcando roza el coche contra la columna, no se engañe y regule su espejo retrovisor.

octubre 21st, 2011
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Hasta ahora, todos mis compañeros nos han ido mostrando la cara más visible del Sauce, el contacto directo con el cliente con sus historias particulares y sus anécdotas.

Sin embargo, mi experiencia en el Sauce se desarrolla en aquella parte que nuestros fieles no ven pero que es una pieza importante dentro del engranaje de este equipo.

Recuerdo cuando empecé, hace ya nueve años. La primera vez que entré en el hotel y vi a Maribel y la entrevista con el señor Fernández en el salón de la planta baja, que no estaba como ahora. Teníamos la oficina en la habitación 503. Allí estábamos Isabel y yo mano a mano con nuestros papeles. Por las mañanas subía el olor de la tortilla de Pili y Carmen y el señor Fernández entraban y salían de la oficina con sus cosas de mantenimiento, cuentas… En el año 2003 nos fuimos del hotel a nuestra ubicación actual en el Coso.

Mi trabajo en el departamento de Administración, me da la oportunidad de tener un contacto muy directo con todos los miembros del equipo. Desde los jefes, pasando por los chicos de recepción y las chicas de limpieza, y me encanta el que en cualquier momento puedan recurrir a mí para que les solucione algún problema o les resuelva alguna duda.

Sin embargo, al contrario que mis compañeros, mi relación con el cliente no es directa. Conozco nombres, apellidos, empresas etc. pero en muchas ocasiones no tengo la oportunidad de ponerles cara. Esa es la parte menos “amable” de mi trabajo. Sin embargo, cuando estoy en el hotel y algún cliente me reconoce, me hace una especial ilusión. Aún así, me encanta estar en la oficina rodeada de “mis” papeles.

Nunca olvidaré las horas que el señor Fernández pasaba a mi lado enseñándome todo lo que sabía sobre el negocio, su paciencia y su cariño. Y cuando venía y se sentaba frente a mí a contarme sus ideas y nuevos proyectos.

Durante estos años he vivido momentos mejores y peores, aprendiendo de todos. He tenido que formarme y adaptarme a todos los cambios que se requerían para ir avanzando en cada momento. Ahora estamos empezando una nueva etapa en el Sauce, la cual afronto con la misma ilusión y responsabilidad que hace nueve años.

Sin duda alguna, el Sauce es una parte muy importante de mi vida tanto profesional como personal.

octubre 14th, 2011
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Muchas historias ya se han contado de este lindo Hotel que para alguno de nosotros forma parte de su vida desde siempre, o casi, así que será bastante complicado para mi que soy el mas “joven” de la casa, aportar algo mas o contar algo que no se hay contado ya, o quizás no….

 Era una tarde de Abril, unas de esas tardes que desde hacía ya demasiado tiempo para mi forma de ser seguían siendo iguales a muchas otras: mira a ver el mail por si te han contestado de alguna oferta, vete a llevar currículum por si necesitan en algún sitio, el Inaem como tu segunda casa y en mi caso el agravante de no tener un DNI si no un NIE. Cuando sonó el móvil: “Soy Luis Fernandez, del Hotel Sauce, tengo tu currículum aquí en frente, me gustaría concretar una entrevista”. Recuerdo ese primer momento, en que Luis me abrió la puerta de la oficina, casi con comicidad: el, mas de 2 metros de ex jugador de baloncesto y yo, un metro con setenta, escaso… Me acompañó al Hotel y a los Apartamentos Sabinas, conocí al resto del equipo, estaba bastante nervioso, pero todo el mundo hizo que me sintiera muy cómodo, ayudandome a aprender el trabajo.

 Han pasado 6 meses desde aquel día, ya soy “el italiano que nunca deja de hablar”. Para mi esta es una experencia nueva, pero veo que encaja mucho con mi forma de ser: me gusta poder encontrar cada día personas nuevas, un Hotel es un sitio donde se aglomeran historias, que a veces se comparten, otras veces se ocultan, otra veces nacen y se desarrollan, otras veces se quedan escondidas, pero siempre están allí; me gusta la complicidad que a veces se crea con los clientes, al fin y al cabo tu eres el guardián de su casa temporal y su referencia en una ciudad que no conocen y tienen ganas de descubrir. Me fascina encontrarme cada día con personas de varios países del mundo, me hace acordar la maravillosa variedad de personas, pensamientos y formas de vivir que hay a parte de la que cada uno de nosotros conoce para su experiencia personal. Es interesante ver como con un sonrisa puedes entenderte tanto con un Español, como con un Alemán, un Japones o un Argelino. Todo esto hace que cada día sea distinto y que nos preguntemos con curiosidad ¿a ver qué pasa hoy en el Hotel Sauce?

septiembre 30th, 2011
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La noche del aguacero

Cuéntame dónde estuviste

que no te mojaste el pelo.

Aquella noche llovió como si no fuera a existir un mañana. Fue una de esas tormentas que aparecen en las noticias y que dan trabajo al cuerpo de bomberos. La tromba de agua fue de tal magnitud que los huéspedes del ático bajaron aterrorizados por el estruendo del agua sobre el tejado. Fueron testigos de otra tormenta, la que tuvo lugar aquí mismo, frente a la recepción de Saucepolis. Esta tormenta, no tan literal pero aún más dramática, llevaba años fraguándose. La meteorológica surgió de la nada, de hecho había hecho una tarde esplendida. La casualidad quiso que ambas estallaran a la vez y que yo estuviera presente.

Aquella hermosa tarde llegó el señor Ramirez especialmente simpático. Me saludó afectuosamente, estrechó mi mano y se interesó por el personal del hotel. Pero no fue su simpatía lo que más llamó mi atención, sino la joven a la que sujetaba por la cintura y a la que no había visto en mi vida.

-Te presento a mi esposa. Le he hablado tan bien de vosotros que ha insistido en acompañarme en esta ocasión.

-Encantado de conocerla, su esposo es uno de nuestros clientes más fieles.

La palabra fieles resultaba especialmente poco adecuada si tenemos en cuenta que en todos los años que llevaba visitándonos, el señor Ramirez había venido acompañado por la que todos suponíamos su esposa, pero que no era la joven a la que abrazaba en estos momentos.

-Yo subiré a la habitación a descansar, el viaje me ha dado un terrible dolor de cabeza- dijo la joven.

-Intenta conseguirme unas aspirinas, Adolfo- le dijo al señor Ramirez.

-En seguida querida, buscaré una farmacia de guardia.

En cuanto la señorita subió al ascensor, Ramirez me preguntó si teníamos aspirinas.

-Naturalmente

-Pues dame un paquete, y otra habitación, pero no le digas nada a mi esposa.- me dijo con sorprendente naturalidad.

Se retiró a la segunda habitación cuando los primeros truenos sonaban en la calle. La tormenta se presentó de manera fulminante, y con ella el equipo de tenis que teníamos alojado en el hotel. La lluvia había cancelado el campeonato, y media docena de tenistas adolescentes inundaron la recepción con su entrenador a la cabeza. El entrenador era un fornido y atlético joven con amanerados ademanes.

-¡Chicas, Chicas!, no alborotéis, subid a las habitaciones, yo iré a buscar algo de cena.

Los huéspedes del ático bajaron asustados y se quedaron en la cafetería tomando un café, a esperar que pasara la tormenta. Entre unos y otros apenas pude saludar a la supuesta esposa de Ramirez, que subió directamente por la escalera al ver el movimiento que había en el hotel.

Y por un momento todo quedó en calma. Es curioso como en un hotel se pasa del caos más absoluto a la calma total en pocos segundos. Los huéspedes del ático tomaban su café mientras veían llover a través de las ventanas de la cafetería. El entrenador buscaba un sitio de comida rápida seguramente empapado. Las jugadoras de tenis esperaban la cena en sus habitaciones. La señora de Ramirez soportaba su dolor de cabeza sin aspirinas. Y el señor Ramirez y su largamente supuesta esposa yacían impunemente en su habitación. Pero en recepción todo era quietud. Poco habría de durar.

Cuando el ascensor comenzó a bajar desde el piso en el que se alojaba la señora de Ramirez empecé a temer que la situación podría llegar a ser tensa. La joven salió del ascensor con cara de preocupación y se dirigió a la recepción,

- Disculpe, hace más de media hora que mi esposo salió a buscar una farmacia, no contesta al teléfono y con este aguacero temo que pueda haberle pasado algo.

-No se preocupe, no es fácil buscar una farmacia bajo la lluvia, seguro que llega de un momento a otro- dije tratando de escurrir el bulto.

El teléfono sonó, y al ver en la centralita que era la habitación de Ramirez y su amante me dio un vuelco el corazón. Traté de ignorarlo, como si no estuviera sonando.

-Por el amor de dios, conteste al teléfono, me va a estallar la cabeza.

-¿Qué teléfono?- contesté como un imbécil.

-¡El maldito teléfono!, ha sonado ya más de quince veces.

Contesté, el Señor Ramirez me informó de que estaban bajando y me pidió que consiguiera un taxi para la señorita.

-Cómo no- contesté sin encontrar la manera de avisarle.

Cuando la señora Ramirez vio a su esposo salir del ascensor con su amante los miró a uno y a otro con incredulidad. El Señor Ramirez fingió no conocer a su amante y sacando las aspirinas de un bolsillo le dijo:

-Querida, me ha costado un mundo encontrar una farmacia.

La expresión de su amante me dio a entender que no estaba en absoluto al corriente. Ambas mujeres miraron fijamente al señor Ramirez, que sostenía estúpidamente las aspirinas. El ambiente podía cortarse con un cuchillo, pero como toda situación es susceptible de empeorar, el entrenador de tenis llegó empapado con unas bolsas de comida china.

-¡Adolfo!, qué alegría verte por aquí. Cómo es posible que no me hayas dicho que estabas en la ciudad. Y por cierto, no puedo creer que no me llamaras después de lo de Albacete, fue muy poco caballeroso por tu parte. De todos modos te perdonaré, espérame a que suba la comida a las niñas y vengo a por ti, guapetón.

Adolfo me miró, se encogió de hombros y la verdadera tormenta estalló. Correré un tupido velo sobre los insultos, gritos y lágrimas que tuvieron lugar a continuación. Resumiré diciendo que ambas mujeres se marcharon, para mi sorpresa, compartiendo lágrimas y taxi, y que el señor Ramirez pasó aquella noche con el entrenador de tenis. Los huéspedes del ático fueron testigos de la escena desde la cafetería, como quien ve una telenovela. Cuando todo se hubo calmado, incluido el aguacero se acercaron a recepción a por su llave.

-No se lo va a creer, pero el señor que estaba aquí hace un rato, el que discutió con las dos señoritas es idéntico al párroco que casó a nuestra sobrina el año pasado. No puede ser él, pero no había visto un parecido tan grande en mi vida.

-Yo ya me creo cualquier cosa, señora.

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